Él puso el altavoz.
—En cuanto nazcan las niñas me avisas —dijo ella—. Mañana llevo mis cosas.
Luego añadió:
—Y no olvides comprar el refrigerador que te mandé. No pienso guardar mi comida junto con las verduras raras que compra Valeria.
Diego apagó rápidamente el altavoz.
—Mi mamá exagera.
Valeria miró por la ventana.
—Claro.
Dio a luz a Sofía y Emma esa madrugada.
Mientras ella se recuperaba, Patricia cumplió su plan.
Y Valeria permitió que lo hiciera.
Por eso, cuando volvió del hospital y encontró el segundo refrigerador, la ropa de su suegra y aquella humillación disfrazada de “límites”, no gritó.
Esperó.
A las cinco y diez de la mañana siguiente tocaron suavemente.
Valeria abrió.
Su padre estaba ahí.
A su lado, Adrián y Mateo.
Ernesto abrazó a su hija y después entró al cuarto de las niñas. Al ver a sus nietas dormidas, su expresión endurecida cambió por completo.
—Están preciosas.
Después Valeria les mostró todo.
El refrigerador.
La nota.
La ropa de Patricia.
Las cajas de la bodega.
Los mensajes.
Mateo revisó las escrituras y dejó la carpeta sobre la mesa.