Por favor, mi mamá está enferma.
Ahora era Mauricio quien la pronunciaba.
—Por favor, no cierres esto así.
Metí la última blusa en la maleta.
—No lo cerré hoy.
Levantó la mirada.
—Se fue cerrando cada vez que me pediste que aguantara algo que tú no habrías aceptado para ti.
Mauricio respiró hondo.
—Puedo cambiar.
—Tal vez.
No añadí nada más.
Cambiar era asunto suyo.
Quedarme para comprobarlo ya no era obligación mía.
Saqué la maleta de la habitación.
Esta vez nadie estaba en el pasillo para impedírmelo.
Antes de irme, dejé sobre una mesa la llave de aquella casa.
No hice una escena.
No rompí fotografías.
No tiré regalos.
Sólo dejé la llave.
Luego regresé a Guadalupe con la cadena recuperada dentro de mi bolsa y la llave del departamento de mamá en el bolsillo.
Una abría una casa donde durante años había necesitado permiso para casi todo.
La otra abría un lugar pequeño, con olor a canela y jabón, donde una mujer que ya no estaba había pensado en mi libertad antes que yo.
Guardé la primera.
Usé la segunda.
Entré, puse la urna de mamá sobre la mesa y abrí la ventana de la cocina como ella había escrito.
Después preparé caldo de pollo.
No porque alguien me lo ordenara.
No porque hubiera clientes.
No porque una familia esperara que los atendiera.
Lo preparé porque era la comida que aquella noche había intentado llevarle a mamá antes de que Valeria la vaciara en el fregadero.