Afuera, Patricia golpeó la puerta.
—¡Esa casa pertenece a nuestra familia!
Activé el intercomunicador.
—Está a nombre del fideicomiso que creó mi padre antes de que Mauricio y yo nos casáramos.
Mauricio se acercó a la cámara.
—¿Tienes un fideicomiso?
Su siguiente pregunta terminó de romper algo dentro de mí.
—¿Cuánto dinero hay ahí?
No preguntó por Mateo.
No preguntó por Sofía.
Ni siquiera preguntó por mi madre.
Preguntó por dinero.
Una hora después sonó la cerradura principal.
“AUTORIZACIÓN: LIC. TOMÁS HERRERA.”
Tomás había sido abogado de mi padre durante 26 años.
Tenía 71.
Entró con un portafolio.
Cuando vio el rostro de mi madre, dejó de caminar.
—Elena.
Ella comenzó a llorar.
Tomás abrió lentamente el portafolio.
Sacó un sobre.
Reconocí la letra de mi padre.
“DANIELA. SI ALGUNA VEZ LASTIMAN A TU MADRE, ABRE ESTO.”
Dentro había copias de documentos de 1997.
El nombre de Patricia Salgado aparecía en varias páginas.
Tomás explicó que mi suegra había trabajado como encargada administrativa en la constructora de mi padre.
Durante 14 meses desaparecieron casi 780,000 pesos.
El responsable oficial había sido Samuel Salgado.
El primer esposo de Patricia.
Y padre de Mauricio.