—No. Si ella te entregó la caja, es asunto de ella.
Por primera vez desde que llegamos a esa casa, Gene no pudo decidir quién tenía permiso para hablar.
Holly esperó.
Esperó sin exigir.
Esperó sin llorar.
Esperó mirándola directamente.
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Gene terminó soltando la tarjeta sobre la mesa.
Holly la tomó y leyó despacio.
Brandon había escrito que, si esa caja llegaba a manos de su madre, significaba que Holly había decidido que ya no aceptaría ser tratada como alguien que estaba de paso en nuestra familia.
A partir de ese momento, Gene no sería invitada a nuestra casa ni a los encuentros que nosotros organizáramos mientras Holly no se sintiera lista para verla otra vez.
No podía llamarla directamente.
No podía mandar recados a través de otros familiares.
No podía usar a Brandon para presionarla.
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Y había una última línea.
La decisión de reparar sería de Gene; la decisión de volver a abrirle la puerta sería de Holly, acompañada por nosotros.
Gene golpeó la mesa con la punta de los dedos.
—¿Le diste a una niña de siete años el poder de apartarme de mi propio hijo?
—No —dijo Brandon—. Le di el derecho de decir cuándo ya fue suficiente.
Gene lo miró como si él acabara de traicionar algo sagrado.
—Soy tu madre.
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—Y ella es mi hija.
Así de simple.
Gene intentó reírse, pero nadie la acompañó.
—No es tu hija.
Brandon no levantó la voz.