Esta vez no encontró respuesta.
Se fue sin llevarse la llave.
Horas después, Daniela me llamó.
No quería hablar con ella.
Pero contesté porque todavía existía una pregunta que necesitaba resolver.
—¿Sabías que había sacado dinero de nuestras cuentas?
—No de sus cuentas compartidas —dijo rápidamente—. Él me dijo que estaba moviendo dinero personal.
—¿Para qué?
Daniela guardó silencio.
—Para empezar de nuevo.
La frase me dio náuseas.
No porque implicara que fueran a comprarse una casa juntos ni porque revelara un plan secreto espectacular.
Era peor por lo sencillo.
Diego estaba construyendo un colchón financiero para la vida que pensaba iniciar después de dejarme, mientras yo compraba pañales, calentaba biberones y suponía que nuestros ahorros seguían destinados a nuestra familia.
—¿Tú recibiste dinero? —pregunté.
—No.
—¿Pagó algo para ti?
—Algunas cenas. Nada parecido a esa cantidad.
No tenía manera de saber si cada palabra era cierta.
Así que no intenté convertir aquella llamada en una alianza.
—Gracias por los archivos —dije.
—Mariana, yo de verdad pensé que tú sabías.
—Elegiste creerle a un hombre casado que acababa de tener una hija con su esposa.
No respondió.
—Pero él también te mintió —añadí—. Las dos cosas pueden ser ciertas.
Terminamos la llamada sin insultos y sin promesas de amistad.
Eso fue todo.
Durante los días siguientes empecé a separar lo urgente de lo doloroso.
Lo urgente era Renata.
Sus horarios.
Sus gastos.