Llegué al funeral de un cliente y reconocí enseguida al hombre que llevaba tres meses diciéndome que estaba en el extranjero: era mi esposo, con una flor blanca y presentado ante todos como el futuro marido de otra mujer. “No es lo que parece”, murmuró. Yo solo sonreí, guardé el teléfono con nuestras conversaciones y esperé, porque al día siguiente serían ellos quienes vendrían a acusarme públicamente.

—Discúlpate. Aunque haya sido un malentendido.

—¿Y si no fue un malentendido?

Suspiró.

—Eres una mujer profesional. A veces hay que tragarse el orgullo por la empresa.

Colgué.

Una hora después llegué a la oficina con una carpeta dentro del bolso.

No esperaba usarla tan pronto.

Daniela y su madre ya me estaban esperando en el vestíbulo.

Había empleados mirando desde los pasillos superiores.

La señora Teresa, madre de Daniela, comenzó a hablar antes de que yo pudiera saludar.

—Mi hija acaba de perder a su padre y usted todavía tiene el descaro de perseguir a su novio.

Daniela dejó caer una carpeta sobre el mostrador.

—Ayer te vi sujetándolo en el estacionamiento.

—Fue él quien me sujetó.

—¿Y quieres que te crea? Primero dijiste que tu esposo estaba muerto y después te encontré con Mauricio.

Arturo apareció desde el elevador.

—Por favor, pasemos a una sala.

Daniela negó con la cabeza.

—No. Ella me humilló públicamente. Quiero una explicación pública.

Arturo me miró.

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