—Tú… —conseguí decir.
Él bajó la mirada.
—No deberías haberme seguido.
Aquellas palabras me dejaron helada.
No preguntó quién era.
No preguntó por qué lo estaba siguiendo.
Simplemente dijo que no debería haberlo hecho.
—¿Quién eres?
Silencio.
—¿Quién eres? —repetí, esta vez con más fuerza.
El hombre miró hacia ambos extremos de la calle.
Después abrió la puerta.
—Entra.
Retrocedí un paso.
—No.
—Si quieres respuestas, entra.
—¿Por qué debería confiar en ti?
Una sonrisa triste apareció en su rostro.
—Porque si realmente fuera quien crees que soy… ya sabrías la respuesta.
Sentí un escalofrío.
Era una frase que mi marido solía decir.
Una frase absurda que utilizaba cada vez que yo dudaba de alguna decisión.
Pero había algo diferente.
Algo en sus ojos.
No era exactamente mi esposo.
Era como mirar a alguien que había vivido la misma vida que él… pero que había terminado en un lugar completamente distinto.
Entré.
La puerta se cerró detrás de nosotros.
El interior era oscuro y olía a humedad, madera vieja y café recién hecho.
Había un pasillo largo con varias puertas.
Nada parecía tener sentido.
—¿Dónde estamos?
No respondió.
Caminó hasta una pequeña habitación al fondo y encendió una lámpara.
Entonces lo vi.
Una mesa.
Dos sillas.
Y sobre la mesa había varias fotografías.
Me acerqué lentamente.
La primera fotografía me hizo perder el aire.
Era mi marido.
Mucho más joven.
Tenía unos veinte años.
Estaba parado junto a un hombre idéntico a él.
Los dos sonreían frente a una casa que no reconocía.