La voz que había escuchado en mis sueños durante cinco meses.
La voz de mi esposo.
—¿Dónde estás? —pregunté llorando.
Silencio.
—Perdóname.
—¡¿Dónde estás?!
—No podía volver.
—¡Pensé que estabas muerto!
—Lo sé.
—¡Te enterré en mi corazón!
Su respiración se quebró.
—Lo siento.
—Quiero verte.
Silencio.
Entonces dijo:
—Mira detrás de ti.
Me giré.
Al otro lado de la calle había un automóvil estacionado.
La puerta trasera se abrió.
Y él salió.
Por primera vez en cinco meses.
Vivo.
Real.
Con los mismos ojos.
La misma sonrisa.
La misma cicatriz.
No pude moverme.
Él caminó lentamente hacia mí.
Yo corrí.
Nos abrazamos.
Y durante unos segundos no existió nada más.
Ni amenazas.
Ni secretos.
Ni mentiras.
Solo nosotros.
Pero entonces sentí algo extraño.
Su cuerpo estaba temblando.
Me separé ligeramente.
—¿Qué pasa?
Miró por encima de mi hombro.
Su expresión cambió.
—Tenemos que irnos.
—¿Por qué?