Daniel respiró profundamente.
—Quiero donarla.
Lo miré sorprendida.
—¿A la fundación?
Asintió.
—Podría convertirse en un centro para personas mayores que todavía pueden vivir de manera bastante independiente pero no quieren estar solas.
Aquello eraexactamente uno de los proyectos que llevábamos meses intentando financiar.
—La propiedad vale muchísimo dinero.
—Lo sé.
—Harrison te la dejó a ti.
Daniel miró la fotografía.
—Precisamente por eso.
No respondí inmediatamente.
Había aprendido que el arrepentimiento verdadero no se demostraba con discursos.
Se demostraba con decisiones.
—No tienes que comprar el perdón de tu padre —le dije.
—No estoy intentando comprarlo.
—Entonces ¿por qué lo haces?
Daniel tardó unos segundos.
—Porque finalmente entendí la carta.
Me miró.
—Papá me dejó suficiente para vivir. Todo lo demás que sigo intentando acumular es simplemente más de algo que ya tengo.
Aquella frase me recordó tanto a Harrison que tuve que sonreír.
Aceptamos la propiedad.
Dieciocho meses después abrió sus puertas como un pequeño complejo residencial con jardines, biblioteca, comedor comunitario y habitaciones luminosas.
No colocamos el nombre de Harrison en la entrada.
Pero Daniel pidió una sola cosa.
Una mesa—Muchísimo.
Por un instante imaginé a Harrison sentado allí.
Probablemente habría protestado exactamente igual.
Pasaron otros dos años.
Cumplí 81.
La Fundación Elena ya ayudaba a miles de personas en distintos puntos de España. Habíamos ampliado la asistencia domiciliaria, creado nuevas plazas subvencionadas y puesto en marcha un programa de voluntariado para acompañar a mayores que vivían solos.
Pero mi cuerpo empezó a pedirme que redujera el ritmo.
Una mañana convoqué nuevamente al consejo.
—Voy a dejar la presidencia.
Álvaro me miró sorprendido.
—¿Está segura?
—Completamente.