A LAS DOS DE LA MAÑANA, UNA NIÑA DE SEIS AÑOS ME PIDIÓ QUE ESCUCHARA LA PARED DE MI BIBLIOTECA: TRES GOLPES DESDE EL OTRO LADO CAMBIARON TODO…-gr-haohao

Me giré.

—¿Sola?

—Sí.

Dejé de pensar en la biblioteca.

—Vamos.

Pero antes de salir, escuché otra vez el sonido.

Toc.

Toc.

Toc.

Me detuve.

Esta vez la secuencia vino acompañada de algo más.

Una voz.

Muy baja.

Casi imposible de distinguir.

—Ayuda.

Mia me miró.

Su rostro se quedó completamente blanco.

—¿Lo escuchó?

Asentí.

—Sí.

Por primera vez desde que había entrado en mi casa, la niña dejó de parecer simplemente asustada.

Parecía aliviada.

Como si alguien finalmente hubiera confirmado que no estaba imaginando nada.

Bajamos rápidamente.

Encontré a Grace en el pequeño cuarto de servicio.

Estaba sentada en el borde de la cama.

Pálida.

Tenía una mano apoyada sobre el pecho y respiraba con dificultad.

—Grace.

Levantó la mirada.

Cuando vio a Mia detrás de mí, su expresión cambió.

—¿Qué hiciste?

Mia empezó a llorar.

—Solo estaba limpiando.

Grace intentó levantarse.

—Señor Duca, por favor.

—No te levantes.

—No quería que usted supiera.

—¿Qué no querías que supiera?

Ella miró hacia la puerta.

Luego hacia Mia.

Finalmente bajó la cabeza.

—Que no podía seguir trabajando.

—¿Por qué?

No respondió.

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