En una voz que algunas noches aún me llamaba desde la cocina.
“Darío, ¿estás ahí?”
Y yo contestaba:
“Sí, papá. Estoy aquí.”
Pero un día ocurrió algo que no esperaba.
Volví del trabajo y encontré un sobre encima de mi cama.
Mi nombre estaba escrito con la letra temblorosa de mi padre.
Darío.
Dentro había una hoja.
Tardé en leerla porque la letra era irregular, con palabras torcidas y algunas frases repetidas.
Pero era suya.
Decía:
“Hijo, por si algún día no sé decírtelo.
Yo tuve miedo muchas veces.
Cuando tu madre se fue, pensé que no iba a saber criarte.
No sabía hablar.
No sabía abrazar.
No sabía hacer casi nada bien.
Pero cada mañana me levanté porque tú estabas en casa.
Tú no fuiste una carga.