Cuando fui a recogerlo, estaba sentado con otros dos hombres, lijando una cajita de madera.
Tenía serrín en las mangas.
Y los ojos tranquilos.
La mujer que coordinaba el grupo me dijo:
“Ha estado ayudando a arreglar una silla.”
No pude evitar sonreír.
Aurelio olvidaba nombres.
Olvidaba fechas.
Olvidaba en qué planta vivíamos.
Pero sus manos todavía recordaban cómo cuidar lo roto.
En casa puse la cajita de madera en la entrada.
Él la había lijado mal, con una esquina más baja que la otra.
Para mí era preciosa.
Guardamos dentro las llaves.
Desde entonces, cada vez que salíamos, él la tocaba con los dedos.
“Esto lo hice yo”, decía.
“Sí, papá.”
“Quedó un poco torcido.”
“Como casi todo lo importante.”
Él me miraba sin entender del todo.
Pero sonreía.
Una tarde de primavera bajamos al banco de la plaza.
No hacía nada especial.
Había niños jugando, una señora con la compra, dos hombres hablando de fútbol sin ponerse de acuerdo.
Mi padre llevaba una gorra azul y caminaba despacio.
Nos sentamos al sol.
Durante un rato no dijimos nada.
Luego me preguntó:
“¿Tú tienes hijos?”
“No, papá.”
Asintió.
“¿Y estás bien?”
La pregunta me atravesó.
Porque durante años mucha gente me había preguntado si tenía piso, pareja, planes, ascensos, futuro.
Mi padre, con su memoria rota, fue directo a lo único importante.
Si estaba bien.
Miré la plaza.
Miré sus manos sobre el bastón.
Pensé en todo lo que no había tenido.
Y en todo lo que sí.
“Estoy cansado a veces”, dije. “Pero sí. Estoy bien.”
Él respiró hondo.
“Entonces vale.”
Como si con eso pudiera quedarse tranquilo.
Esa noche, al volver a casa, me pidió que sacáramos la bicicleta roja del trastero.
La misma de mi infancia.
Ya no servía para montar.
Pero la limpiamos juntos.
Yo sujetaba el manillar.
Él pasaba un trapo por el cuadro con una concentración enorme.
“Esta bici era de mi hijo”, dijo.
Me quedé mirándolo.
“Sí.”
“Era buen chico.”
Tragué saliva.
“Lo sigue siendo, creo.”
Mi padre levantó la vista.
Durante un instante sus ojos se aclararon.
No sé explicarlo mejor.
Fue como si la niebla se apartara un poco.
“Darío”, dijo.
Solo mi nombre.
Nada más.
Pero lo dijo como antes.
Como cuando me llamaba para cenar.
Como cuando me decía que estudiara.
Como cuando gritaba desde el pasillo que cogiera la chaqueta.
Dejé el trapo sobre la bicicleta.
“Sí, papá.”
Él me tocó la muñeca.
Un gesto pequeño.
Torpe.
Suyo.
“Gracias por quedarte.”
Yo negué con la cabeza.
No quería que me lo agradeciera.
No quería que pensara que era una deuda.
“Me enseñaste tú”, le dije.
Se quedó pensativo.
Después murmuró:
“Yo no sabía enseñar mucho.”
“Más de lo que creías.”
Aquella noche cenamos tortilla.
La hice yo.