Días en los que me preguntó por mi madre como si fuera a volver a cenar.
Días en los que escondió dinero dentro de una zapatilla.
Días en los que se enfadó conmigo porque no le dejé salir solo a comprar tornillos.
“Me tratas como a un inútil”, me dijo una tarde.
Aquello me dolió.
Levanté la voz.
Solo un poco, pero la levanté.
“¡No, papá! Intento cuidarte.”
Él se quedó callado.
Yo también.
La casa entera pareció contener la respiración.
Luego me fui al baño, cerré la puerta y apoyé las manos en el lavabo.
Me miré al espejo.
Tenía ojeras.
Tenía barba de varios días.
Tenía la cara de alguien que estaba intentando hacerlo bien sin saber cómo.
Al salir, lo encontré en el pasillo.
Estaba de pie, muy recto, como si me hubiera estado esperando.
“Darío”, dijo.
Esta vez sí sabía mi nombre.
“Perdona.”
Se me cerró la garganta.
“No pasa nada, papá.”
Él negó con la cabeza.
“Sí pasa.”
Y añadió:
“Cuando eras pequeño, yo también me cansaba. Pero tú no tenías la culpa.”
No supe qué decir.
Porque era verdad.
Ninguno de los dos tenía la culpa.
Ni entonces.
Ni ahora.
Solo estábamos haciendo lo que podíamos con lo que la vida nos había dejado en las manos.
Poco a poco fui aceptando ayuda.
Me costó.
Siempre había pensado que pedir ayuda era admitir derrota.
Pero una trabajadora del centro de día del barrio me dijo una frase que no olvidé:
“Cuidar solo no te hace mejor hijo. Te hace más cansado.”
No me dio consejos complicados.
Solo me escuchó.
Y a veces eso ya cambia un día entero.
Mi padre empezó a ir algunas mañanas a un pequeño grupo de mayores.
Hacían ejercicios sencillos, hablaban, pintaban, escuchaban música.
El primer día no quería entrar.
Se agarró a mi brazo como un niño en la puerta del colegio.
“Yo no pinto nada aquí”, dijo.
“Pues pintas tú”, le contesté.
Me miró serio.
Tardó un segundo en entender la broma.
Luego resopló.
“Qué gracioso te has vuelto.”