Me dejaron en el bosque para que muriera y cobrar el seguro. Me arrastré hasta casa y me llevé todo.

—¿Cómo sabes que fue él?

—Porque dejó su nombre, su teléfono y una copia del poder notarial.

El silencio llenó la habitación.

Pero todavía faltaba algo.

Adriana colocó sobre la mesa un tercer documento.

—Y esto es lo más importante.

Era una solicitud de cambio de beneficiario.

Elena la reconoció inmediatamente.

—Yo nunca firmé esto.

—Lo sé.

Adriana había ampliado una copia de la firma.

—Parece tu firma a simple vista. Pero hay diferencias.

Elena tomó los lentes.

Durante treinta y seis años había trabajado con documentos notariales.

Sabía perfectamente lo que estaba viendo.

—La presión del bolígrafo es diferente.

—Exactamente.

—¿Quién presentó esto?

Adriana señaló el sello de recepción.

—La aseguradora recibió la solicitud hace once días.

Elena se quedó inmóvil.

Once días.

Eso significaba que mientras ella todavía estaba en su casa…

alguien ya estaba preparando el dinero que recibirían cuando muriera.

—¿Y el beneficiario?

Adriana no respondió inmediatamente.

—Ricardo.

Elena sintió que algo se rompía dentro de ella.

No era sorpresa.

Era la última esperanza.

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