PARTE 2: LOS HIJOS QUE NUNCA DEBÍ PERDER

La pregunta salió de mi boca antes de poder detenerla.

Elena me miró fijamente.

—¿De verdad me preguntas eso?

Sus palabras fueron tranquilas.

Pero cada una golpeó más fuerte que un grito.

—Esa noche tenía una prueba de embarazo en mi bolso, Alex. Iba a decírtelo durante la cena.

Bajé la mirada.

Recordé aquella noche.

Recordé a Elena intentando sonreír.

Recordé que yo apenas la miré.

Porque ya había tomado una decisión.

—Pero tú llegaste con una maleta.

Su voz se quebró ligeramente.

—Me dijiste que necesitabas espacio. Que no podías despertar cada mañana preguntándote si habías renunciado a ser padre por quedarte conmigo.

Cerré los ojos.

Porque cada palabra era cierta.

—Yo pensé que si te decía que estaba embarazada…

Ella negó lentamente.

—Pensaste que cambiarías mi decisión por obligación.

No respondí.

Porque tenía razón.

Elena tomó aire.

—No quería que eligieras a tus hijos porque yo estaba embarazada. Quería que eligieras nuestra familia porque me amabas.

Esa frase me destruyó.

Porque entendí algo que había ignorado durante años.

Yo había estado tan preocupado por perder la posibilidad de ser padre que olvidé que ya tenía una esposa que necesitaba que la eligiera.

—¿Por qué cuatro? —pregunté después de unos minutos.

Elena miró por la ventana.

Su expresión se suavizó por primera vez.

—Porque la vida decidió sorprenderme.

Sonrió ligeramente.

—Durante el embarazo descubrimos que eran cuatro bebés.

Cuatro.

La palabra seguía pareciendo imposible.

—¿Y tú los criaste sola?

Ella volvió a mirarme.

—No completamente.

Fruncí el ceño.

—¿Qué significa eso?

Antes de que respondiera, alguien tocó la puerta.

Una mujer mayor entró con algunos documentos.

—Elena, los niños ya terminaron la clase de música.

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