Las esposas se cerraron.
Margarita empezó a gritar.
Esteban seguía mirándome mientras lo sacaban de la habitación.
—Esto no termina aquí.
Lo observé en silencio.
—Para mí sí.
La puerta se cerró.
Raquel esperó hasta que desaparecieron los agentes.
Después se sentó junto a mi cama.
—Hay algo más.
La miré.
—¿Qué?
Sacó su teléfono.
En la pantalla había una fotografía.
Era de Esteban entrando en un despacho dos días antes del ataque.
A su lado caminaba un hombre que yo conocía demasiado bien.
Mi antiguo socio.
El hombre que había desaparecido de mi vida tres años atrás.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué hace él con Esteban?
Raquel negó lentamente.
—Eso es precisamente lo que todavía no sabemos.
Entonces llegó un mensaje al teléfono de Raquel.
Lo leyó.
Su expresión cambió.
Me mostró la pantalla.
“Si quieren saber quién ordenó realmente el ataque, busquen la cuenta 4721.”
Miré el número.
Lo reconocí.
Era una cuenta que yo misma había creado durante mi último año como abogada.
Una cuenta que nadie debía conocer.
Excepto una persona.
Mi padre.
Y él llevaba muerto siete años.
Por primera vez desde que desperté, sentí algo más fuerte que el dolor.
Miedo.