—No solamente pidió prestado —agregó—. Los tipos dijeron que lleva meses gastando dinero. Y todos sabemos quién viene a verla cuando tú no estás.
—¿Quién?
—Ese electricista de San Miguel. Siempre encuentra algún pretexto para entrar.
Miré a Daniela.
Esperaba que gritara, que negara todo, que corriera hacia mí.
No hizo nada.
Sólo levantó los ojos.
Nunca voy a olvidar aquella mirada.
No era la mirada de alguien culpable.
Era la mirada de alguien que había dejado de esperar que le creyeran.
Conocía a mi esposa. Daniela cosía ropa desde casa. Era capaz de remendar una blusa durante años antes de comprar otra. Discutía cinco pesos en el mercado y guardaba hasta las monedas del cambio.
¿De verdad esa mujer había pedido cien mil pesos para darse lujos?
Algo no cuadraba.
También observé la supuesta destrucción.
Los cobradores, según mi madre, habían llegado enfurecidos.
Pero la televisión seguía intacta.
El refrigerador también.
El juego de vajilla más costoso seguía en la vitrina.
Sólo habían roto cosas viejas y baratas.
Después miré nuevamente a Fernanda.
Si acababan de vivir una escena tan violenta, ¿por qué ella no tenía ni una mancha?
Aparté despacio la mano de mi madre.
Caminé hasta Daniela, me quité la chamarra y cubrí sus hombros.
—Alejandro —protestó mi madre—. ¿Vas a protegerla después de lo que hizo?
Me incorporé.
—Desde este momento nadie vuelve a tocarla.
—¡Estás ciego!
—Dije nadie.
Llevé a Daniela a nuestra habitación y cerré la puerta.
Saqué mi botiquín y empecé a limpiar sus heridas.
Ella aguantó en silencio hasta que le tomé la mano.
—No sé qué pasó todavía —le dije—. Pero te conozco. Y te creo.
Daniela se quebró.
Lloró sin hacer ruido durante varios minutos.
Después se levantó, me tomó de la muñeca y me llevó hasta la cocina.
Hundió la mano en un recipiente grande donde guardábamos arroz y sacó una bolsa envuelta en plástico.
Dentro había un cuaderno viejo.
Era uno que yo le había regalado cuando éramos novios.
Daniela no dijo nada.
Sólo lo puso en mis manos.
Abrí la primera página.
Luego otra.