Leyó una vez.
Luego otra.
—¿Cuarenta y cinco días?
—Sí.
Mi madre se levantó de golpe.
—¿Nos estás corriendo de nuestra propia casa?
—No es su casa.
—¿Y a dónde se supone que vamos a ir?
La pregunta quedó flotando.
Mi tía Patricia cerró los ojos.
Ni mi madre ni mi padre preguntaron cómo estaría Sofía, quién la ayudaría o qué necesitaba. Su primera preocupación era dónde vivirían ellos.
Mi padre arrugó el aviso.
—Vamos a impugnar esto. Demostraremos que Sofía no tiene capacidad para decidir por sí sola.
Sofía se puso pálida.
Laura, la coordinadora, habló desde el fondo.
—Tener una discapacidad motriz no significa no poder tomar decisiones. Y llorar cuando dos personas te presionan tampoco demuestra incapacidad.
Mi padre la miró con desprecio.
—Usted no es familia.
—Exacto. Por eso no tengo interés en controlar su dinero ni su casa.
Mi madre se acercó a Sofía.
—Podemos arreglarlo. Contratamos otra asistente. Te damos más privacidad. Revisamos lo de la escuela. Todo puede volver a ser como antes.
Sofía la observó.
—Eso es precisamente lo que no quiero.
—No sabes lo difícil que será sin nosotros.
—Sí lo sé.
—Vas a extrañarnos.
Los ojos de Sofía se llenaron de lágrimas.
—También lo sé.
Mi madre creyó haber encontrado una grieta.
—Entonces vámonos a tu cuarto y hablamos solas.
Extendió la mano.
Sofía retiró la suya.
—Extrañar a alguien no significa dejar que decida mi vida.
Mi padre intervino:
—Piensa bien antes de permitir que Mariana decida esto por ti.
Abrí la boca, pero Sofía levantó una mano.
—Yo puedo responder.
Me callé.
Respiró lentamente.
—Quiero estudiar.
Nadie habló.
—Quiero elegir quién me ayuda. Quiero hablar por teléfono sin que alguien escuche detrás. Quiero saber cuánto dinero hay para mí y en qué se usa. Quiero poder comer algo sin escuchar cuánto cuesta.
Miró a mi madre.
—Y no quiero volver a limpiar un piso para demostrar que merezco vivir aquí.
Mi padre buscó apoyo alrededor.
No encontró ninguno.