—Sí.
—¿Y ellos te dijeron que no había dinero?
—Sí.
—¿También que Mariana ya estaba cansada de mantenerte?
Sofía apretó los labios.
—Sí.
Mi tía dejó de mirar a Sofía y miró a mis padres.
La versión que la familia había escuchado durante dos años empezaba a desmoronarse.
Saqué otra hoja.
—Esto corresponde al servicio de asistencia personal. El fideicomiso pagó meses completos por una asistente que Sofía no veía desde antes de Semana Santa.
Mi mamá respondió enseguida:
—La muchacha faltaba mucho.
—En tu correo dijiste que renunció en junio.
Miré a mi padre.
—Tú afirmaste que seguía trabajando en agosto, pero que Sofía se negaba a colaborar.
Patricia frunció el ceño.
—¿Entonces renunció o seguía yendo?
Ninguno contestó.
—También hay cobros de transporte adaptado durante semanas en que a Sofía le dijeron que usarlo era demasiado caro. Y cargos por acompañamiento educativo que nunca recibió.
Mi padre se puso de pie.
—¿Qué pretendes demostrar? ¿Que somos ladrones?
—Pretendo saber dónde terminó el dinero de Sofía. La auditoría ya empezó.
La palabra auditoría le borró la seguridad del rostro.
—¿Con qué autoridad?
Saqué una copia del fideicomiso.
—Con la que dejó la abuela Elisa.
La sala quedó en silencio.
Todos recordaban a mi abuela. Ella había pagado las rampas, ensanchado las puertas y bajado repisas para que Sofía pudiera moverse sin pedir ayuda.
—La propiedad está dentro del fideicomiso para beneficio exclusivo de Sofía —expliqué—. Su derecho a vivir aquí es permanente. El de ustedes no.
Mi madre parpadeó.
—¿Cómo que no?
—Ustedes podían ocupar la casa mientras fueran sus cuidadores principales y cumplieran condiciones de seguridad, transparencia y apoyo documentado.
La organizadora giró lentamente hacia mis padres.
—¿Esta casa es de Sofía?
Mi padre golpeó con los dedos el respaldo de una silla.
—Nosotros vivimos aquí desde hace años. Hemos pagado reparaciones y servicios.
—Muchos de esos gastos también salieron del fideicomiso.
La mujer miró la placa de “Cuidadores Ejemplares” sobre la repisa.
—Nos dijeron que ustedes habían sacrificado todo para darle un hogar.
Nadie respondió.
Ella se levantó, tomó la placa y la dejó boca abajo.
Mi madre palideció.
—¿Qué está haciendo?
—No puedo retirar el reconocimiento yo sola. Pero esta misma noche pediré una revisión formal.
Mi padre me señaló.
—¿Ya terminaste de humillarnos?
Saqué dos sobres.
—No. Desde hoy queda suspendido su estipendio como cuidadores. Los pagos para terapia, asistencia, transporte y educación se harán directamente a proveedores elegidos con Sofía.
Mi madre abrió los ojos.
—¿Desde hoy?
—Desde hoy.
Le entregué el otro sobre a mi padre.
—Y éste es el aviso para terminar su derecho de ocupación.
Lo abrió.