Guardé ropa, documentos, medicamentos y una fotografía de Mateo. También metí su dinosaurio.
A las nueve de la noche bajé.
Javier estaba viendo televisión.
—¿Ya te vas?
—Sí.
—Mejor.
Cuando abrí la puerta escuché su voz detrás de mí.
—Mariana… de verdad creo que esto es lo mejor para todos.
No contesté.
Manejé hasta un hotel cerca de Plaza del Parque, en Querétaro. Pagué una noche y me encerré en una habitación que olía a cloro y aire acondicionado.
Saqué la foto de Mateo.
—Te extraño, mi amor.
Entonces vi sobresalir una carpeta entre mi ropa.
La abrí.
Dentro estaba la escritura de la casa.
La había comprado seis años antes de casarme con Javier usando parte de la herencia de mi abuela.
Leí lentamente el nombre del propietario.
Mariana Hernández Salgado.
Solo el mío.
La casa nunca había sido de Javier.
Habíamos vivido ahí como familia durante doce años, pero legalmente seguía siendo exclusivamente mía.
Volví a leer la escritura.
Y recordé algo todavía más importante: meses antes, Javier había insistido demasiado en saber dónde guardaba mis documentos originales.
Cerré la carpeta.
Por primera vez desde el funeral sentí algo distinto al dolor.
Javier pensaba que me había expulsado de mi propia casa.
Pero quizás no quería solamente vivir ahí con Claudia.
Quizás necesitaba que yo desapareciera por otra razón.
A la mañana siguiente llamé a una amiga que trabajaba en una notaría.
Dos horas después, mientras revisaba los antecedentes de mi propiedad, levantó la mirada de la computadora.
—Mariana… alguien preguntó la semana pasada qué necesitaba para sacar un crédito poniendo tu casa como garantía.
Sentí que se me helaban las manos.
—¿Quién?
Ella tragó saliva.
—Eso es justamente lo que tenemos que averiguar.
Y en ese instante comprendí que echarme de casa después de enterrar a Mateo quizá no había sido una crueldad impulsiva.