Todo comenzó con pequeños trabajos. El personal aprendió qué cosas molestaban a Leo y le daba tiempo para responder. A cambio, Leo aprendió cómo funcionaba el restaurante, conoció a los empleados y a los clientes habituales.
—Nosotros aprendimos a conocer a Leo —dijo Marcy—. Y luego Leo aprendió a conocernos a nosotros.
De repente, todos aquellos pequeños comentarios empezaron a tener sentido.
—Ayudé a Marcy.
—Al señor Howard le gusto.
—Las botellas estaban mal.
Yo lo había escuchado todo. Simplemente no lo había entendido.
Entonces Chloe se unió a nosotros.
—Me hiciste pensar que simplemente venían por papas fritas —dije.
—Kait…
—Durante diez años.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Porque este era su lugar feliz.
Hizo una pausa.
—Tú amas a Leo más que nadie. Pero cada vez que tenía dificultades, intervenías antes de darle la oportunidad de resolver las cosas por sí mismo.
—Lo estaba protegiendo.
—Lo sé. Pero a veces solo necesitaba tres segundos más.
Tres segundos.
Entonces Marcy me entregó una tarjeta de registro de horario.
—Le ofrecimos un trabajo.
Contuve la respiración.
—Empieza el sábado. Tres horas.
—Eso es lo que él pidió.
No lo que Chloe eligió.
No lo que yo elegí.
Lo que Leo eligió.
—No lo estamos contratando porque sintamos lástima por él —dijo Marcy—. Lo contratamos porque es útil.