Esa tarde, desde una cámara oculta instalada en un adorno que Gabriel había regalado a Mauricio, escuché a Daniela entrar a su oficina.
—Quiero seis millones. O mañana voy con la policía y cuento que cortaste los frenos.
Mauricio palideció.
Después sonrió.
—El lunes, después de la firma oficial con Grupo Montemayor, tendré el resto. Te doy tu parte y nos vamos del país.
Daniela aceptó.
Cuando salió, Mauricio hizo una llamada.
—El lunes por la noche recojan a Daniela. Quítenle el teléfono y cualquier grabación. Después háganla desaparecer. Les pago un millón.
Ya teníamos su confesión sobre mi accidente y ahora un plan para matar a su propia amante.
El lunes, un hotel de Reforma recibió a empresarios y prensa para la firma pública del rescate.
Mauricio subió al escenario vestido de blanco.
—Esta victoria se la dedico a Valeria, el amor de mi vida. Su recuerdo me enseñó a ser mejor hombre.
Daniela observaba desde el fondo.
Entonces se apagaron las luces.
Las puertas principales se abrieron.
Una mujer vestida de negro entró caminando hacia el escenario.
Mauricio dejó caer el micrófono.
—No… tú no puedes estar viva.
Pero todavía no había visto lo peor.
PARTE 3
Nadie en el salón respiraba.
Caminé entre las mesas mientras escuchaba murmullos. Algunos invitados me reconocían por las fotografías de búsqueda que habían circulado durante la semana. Otros sólo veían a una mujer que supuestamente había muerto en un barranco y que ahora avanzaba acompañada por Gabriel Mendoza y varios directivos de uno de los grupos empresariales más poderosos del país.
Mauricio retrocedió hasta chocar con la pantalla.
—Valeria… ¿qué significa esto?
Gabriel tomó otro micrófono.
—Señoras y señores, les presento a la presidenta del consejo de administración y accionista mayoritaria de Grupo Montemayor: la licenciada Valeria Montemayor Cárdenas.
El silencio se rompió en exclamaciones.
Daniela dejó caer su copa.
Mauricio me miró como si acabara de descubrir que la persona con la que había dormido durante tres años era una desconocida.
—Eso es mentira. Tú no tienes dinero. Tú eras huérfana.
—Sí, Mauricio. Perdí a mis padres. Lo que nunca te dije fue lo que me dejaron.
Subí al escenario.
—Cuando te conocí, quería saber si podías amar a Valeria y no a mi apellido. Por eso viví contigo sin escoltas, sin chofer y sin hablar de mi patrimonio. Cuando tu empresa tuvo problemas, moví dinero mediante fondos independientes para que nunca supieras que venía de mí. Incluso la casa que presumías haber pagado con tu esfuerzo se sostuvo con recursos míos.
Mauricio empezó a temblar.
—Yo puedo explicarlo.
—Ya lo explicaste.
Hice una señal.