La grabación no demostraba por sí sola toda la operación.
Pero unida a los documentos falsos, a los respaldos digitales y a las transferencias bancarias construía algo mucho más difícil de negar.
Carlos intentó cambiar de estrategia.
Dijo que yo había manipulado a mi tía Amalia cuando ya era anciana.
Su abogado presentó a un antiguo chofer que nos llevó alguna vez a la notaría.
—La señora Amalia se veía cansada —declaró.
Sofía preguntó:
—¿Quién pidió el viaje?
—Doña Amalia.
—¿Quién le proporcionó la dirección del notario?
—Ella.
—¿Quién pagó el servicio?
—Ella.
—¿Alguien tuvo que convencerla de subir al vehículo?
—No.
El testigo que había sido llevado para demostrar que mi tía era manipulable terminó confirmando que organizaba sus asuntos personalmente.
Una semana después llegó la resolución.
La compraventa era válida.
Mi propiedad seguía siendo mía.
Las pretensiones de Carlos fueron rechazadas.
Además, el juzgado dio vista a las autoridades correspondientes por los documentos presuntamente falsificados.
Mi hermano apeló.
Durante dos meses siguió comportándose como dueño.
Ordenó una nueva placa para la entrada:
“Posada Los Pinos – Tradición de la familia Mendoza”.
En diciembre, la resolución fue confirmada.
Esta vez ya no había argumento para impedirme recuperar el inmueble.
Sofía me preguntó cuánto tiempo quería darles para salir.
—Una semana.
Mis padres podían quedarse temporalmente en las dos habitaciones que utilizaban como vivienda, pero Carlos debía entregar administración, oficinas, equipo y vehículo.
Ignoró el requerimiento.
En lugar de obedecer, anunció una gran inauguración de temporada para el 20 de diciembre.
Invitó a agencias turísticas, proveedores, funcionarios locales y a un inversionista interesado en financiar las supuestas cabañas nuevas.
Yo me enteré gracias a una antigua recepcionista.
Carlos se presentaba en la invitación como “propietario general del complejo”.
El actuario y el personal encargado de ejecutar la resolución programaron la diligencia para aquella misma mañana.
Llegamos poco después de las once.
Sofía iba conmigo.
También estaban el personal autorizado, dos testigos y un cerrajero.
Había más de treinta automóviles estacionados afuera.
Sonaba música.
Patricia recibía invitados con un vestido verde.
Cuando nos vio, corrió a buscar a Carlos.
Mi hermano salió sosteniendo un micrófono.
Detrás aparecieron mis padres.
Y Toby.
El mismo perro de la evacuación.
Llevaba una correa roja.
—Es un evento privado —dijo Carlos—. Váyanse.
El funcionario le mostró la orden.
Carlos se negó a recibirla.
—Hay otra impugnación.
—No suspende la ejecución.
La música comenzó a apagarse.
Los invitados salieron a la terraza.