Durante semanas no quiso separarse de ella.
La niña necesitaba tiempo para volver a sentirse segura.
Pero poco a poco comenzó a reconstruir su vida.
Un domingo, Margaret llevó a Lucy a la magnolia.
La niña observó la placa con su nombre.
—¿Por qué pusiste esto aquí?
Margaret comenzó a llorar.
—Porque pensé que te había perdido.
Lucy tomó su mano.
—Ahora sabes que no.
Margaret miró la magnolia.
Durante dos años había visitado aquel lugar para despedirse de su hija.
A partir de ese día, iría allí para agradecer que la vida le hubiera concedido una segunda oportunidad.
Y jamás volvió a confiar ciegamente en alguien que dijera amar a su familia.
Porque algunas verdades pueden permanecer enterradas durante años.
Pero cuando alguien se niega a olvidarlas, terminarán encontrando el camino hacia la luz.