PARTE 2
Sarah seguía temblando en mis brazos.
Le subí el suéter con delicadeza, cubriendo los moretones como si al taparlos pudiera borrar lo que le habían hecho.
—¿La camioneta negra? —susurró ella, con la voz rota—. Vino tres veces. Siempre de noche. Un hombre de traje bajaba con un maletín. Eric lo llamaba “el notario.” Pero no era un notario normal, Jack. Llevaba escolta. Y tu madre… tu madre le servía café como si fuera un invitado de honor.
Besé su frente.
—Ya no te van a tocar. Te lo juro por mi vida.
La acosté en la cama. Le di un vaso de agua. Esperé a que sus ojos se cerraran.
Entonces bajé al sótano.
Durante veinte años en el Ejército, aprendí algo que la mayoría de los civiles nunca entienden: la ira es combustible, pero la paciencia es el arma.
No llamé a Eric.
No llamé a mi madre.
Llamé a alguien mucho más peligroso.
Marcus Cole.
Compañero de unidad. Ex inteligencia militar. Ahora investigador privado con licencia federal y una red de contactos que haría temblar al FBI.
—Marcus, necesito que busques una camioneta negra con placas de gobierno estacionada en mi dirección entre el 14 y el 28 de octubre.
—¿Estás en problemas, Jack?
—No. Pero alguien va a estarlo.
Cuarenta y ocho horas después, Marcus me envió un archivo encriptado.
Lo abrí.
Y el mundo se inclinó bajo mis pies.
La camioneta no pertenecía al gobierno.
Las placas eran falsas.