“Don Ernesto.”
Doblé la carta. La guardé en mi bolso. Junto con los documentos. Junto con la libreta.
Me levanté. Caminé hacia la esquina. Llamé a un taxi.
—¿A dónde la llevo, señora?
Sonreí. Por primera vez en cinco años. Una sonrisa verdadera.
—A Zapopan. A una casa que es mía.
El taxi arrancó. Miré por la ventana. Vi pasar la casa de mis suegros. Por última vez.
En el patio, vi a Don Ernesto. Sentado solo. Con su periódico. Como siempre.
Pero esta vez, levantó la vista. Me vio. Y por primera vez en cinco años… Me sonrió.
Levanté la mano. Le dije adiós. Sin palabras.
Y supe que, aunque había perdido un matrimonio… Había encontrado algo más valioso. Había encontrado a alguien que, en silencio, me había estado cuidando todo este tiempo.
Porque a veces, el amor no grita. A veces, el amor no defiende. A veces, el amor… Solo prepara una bolsa de basura. Y espera.