La Venganza Perfecta

Me acerqué a ella por última vez.
—El bebé es tuyo. El padre es Diego. Fernando no es el padre. Fernando nunca lo fue.
Le quité el micrófono. Se lo entregué al DJ.
—Continúe la música, por favor.
El mariachi empezó a tocar. La gente, confundida, empezó a bailar. Algunos me abrazaron. Otros me miraron con respeto. Otros con miedo.
Mi mamá se acercó. —¿Y ahora qué, hija?
Miré a Jimena, que estaba sentada en el suelo, llorando. —Ahora, mamá, empezamos de nuevo. Sin ellos.
Esa noche no dormí con Fernando. Dormí en mi propia cama. A la mañana siguiente, llamé a mi abogado. A las diez de la mañana, Fernando ya no era mi esposo. A las once, Jimena ya no era mi hermana.
Y a las doce, yo era libre.
Porque a veces, la mejor venganza no es gritar. No es llorar. No es destruir.
A veces, la mejor venganza es dejar que la verdad haga todo el trabajo por ti.

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