Tenía los ojos cerrados.
No sabía nada de todo aquello.
Pero algún día quería contarle que, cuando todos se rieron de nosotros, alguien decidió defendernos.
El director me entregó el diploma.
—Felicidades, Paige.
Lo tomé con una mano.
Con la otra sostenía al pequeño Oliver.
Y mientras bajaba del escenario, vi a Gemma llorando.
Spencer estaba siendo escoltado fuera del auditorio.
Y Pamela permanecía sentada, completamente sola.
Pero antes de salir, el director me llamó.
—Paige, espera.
Me entregó un sobre.
—Esto llegó esta mañana. Es para ti.
Lo abrí.
Era una carta de mi madre.
Me quedé paralizada.
Mis padres habían muerto cuando yo era pequeña.
¿Cómo podía existir una carta escrita por ella?
Leí la primera línea.
“Si algún día mi hija encuentra esto, significa que finalmente está preparada para conocer la verdad sobre por qué terminé entregándola a Pamela.”
Levanté la mirada.
Y comprendí que mi historia como huérfana quizá había comenzado con una mentira.
Y que la mujer que me crió durante dieciséis años podía haber sabido mucho más sobre la muerte de mis padres de lo que jamás me contó.