—¿Qué?
Mateo colocó los documentos sobre el capó del coche.
—Hace cuatro años, Lucía pagó la deuda que tenían con el banco. No quiso quitarles la casa porque ustedes le prometieron que algún día se la devolverían.
Mi madre comenzó a negar con la cabeza.
—Eso no puede ser…
—Sí puede.
Mateo sacó otra hoja.
—Y aquí está el acuerdo firmado por ustedes.
Mi padre se acercó.
Leyó.
Su rostro cambió.
Yo tampoco sabía que Mateo había guardado todos esos documentos.
Durante años había pensado que el dinero que les daba a mis padres era simplemente una ayuda.
Pero Mateo había descubierto algo que yo nunca imaginé.
Mis padres llevaban años utilizando mis depósitos para pagar una deuda que jamás me habían contado.
Y ahora, después de echarme de la casa, pretendían quedarse con ella.
Daniela salió al porche.
—¡Eso es mentira!
Mateo la miró.
—No he hablado contigo.
—¡Es mi casa también!
—No —respondió él—. Nunca lo fue.
Daniela se quedó callada.
Entonces mi madre comenzó a llorar.
—Lucía, hija, no entendiste…
La miré.
—¿Qué no entendí, mamá?
No respondió.
—¿Que me echaste de la casa un día después de una cesárea?
Silencio.
—¿Que me agarraste del pelo mientras tenía puntos?
Mi padre bajó la mirada.
—¿Que utilizaste el dinero que te daba para mantener esta casa y ahora querías quitarme hasta la habitación donde dormía?
Mi madre se secó las lágrimas.
—Tu hermana lo necesitaba.
Miré a Daniela.
Ella tenía al bebé en brazos.
—¿Y yo no necesitaba ayuda?
Nadie respondió.
Mateo cerró la carpeta.
—Nos vamos.
Pero antes de subir al coche, escuchamos una voz.
—Esperen.
Era mi padre.
Se acercó lentamente.
Por primera vez parecía avergonzado.
—Lucía… hay algo que no sabes.
Mateo lo miró con atención.
—¿Qué cosa?