Dentro había una fotografía antigua.
Aparecía una mujer joven sosteniendo a un bebé.
Adrián palideció.
—Es mi hermana Valentina.
Verónica cerró los ojos.
—Adrián…
—¿Qué hiciste?
Ella comenzó a llorar.
—Yo no quería que ocurriera así.
Un murmullo recorrió el salón.
Adrián levantó la fotografía.
—Mi hermana murió hace tres años.
Miró a la bebé.
—Pero antes de morir tuvo una hija.
Dana sintió un escalofrío.
—Entonces… ¿ella es su hija?
Adrián asintió lentamente.
—Sí.
Se volvió hacia Verónica.
—¿Y tú sabías que existía?
Verónica no respondió.
Aquello fue suficiente.
Adrián comprendió la verdad.
Valentina había dejado una hija.
Y Verónica había hecho todo lo posible para que nadie supiera que aquella niña existía.
Pero todavía faltaba una pieza.
—¿Por qué la abandonaste?
Verónica rompió a llorar.
—Porque ella era la heredera.
Adrián frunció el ceño.
—¿Qué?
—Tu hermana dejó un testamento.
El abogado de la familia, que había estado observando desde el fondo del salón, dio un paso adelante.
—Es cierto.
Sacó una carpeta.
—Valentina dejó toda su participación en la empresa familiar a su hija.
Adrián miró a la bebé.
De pronto entendió.
Si la niña desaparecía, Verónica podía controlar una fortuna enorme.
—La abandonaste para quedarte con su herencia.
Verónica no pudo responder.
Los invitados comenzaron a murmurar.
Dana apretó a la bebé contra su pecho.
—Yo solo quería salvarla.
Adrián se arrodilló frente a ella.
—Y lo hiciste.