—Rachid es mi hermano.
Alejandro quedó inmóvil.
—¿Tu hermano?
—Moncho también.
—¿Y Lupita?
—Mi hermana menor.
Araceli se sentó al borde de la cama.
—Cuando murió mi padre, mi madre quedó enferma. Mis hermanos eran pequeños. Yo tuve que irme del pueblo para trabajar. Nunca tuve hijos.
Alejandro recordó todos los rumores.
Todos.
—¿Y por qué dejaste que la gente pensara que eran tus hijos?
Araceli bajó la cabeza.
—Porque era más fácil soportar que me llamaran una mujer de mala fama que explicar que estaba manteniendo a tres niños que dependían de mí.
Alejandro se acercó.
—¿Y la cicatriz?
Araceli tardó en responder.
—Eso es lo que nunca quería que vieras.
Se levantó y volvió a apartar ligeramente la tela.
La cicatriz recorría parte de su hombro y bajaba hacia el pecho.
—Cuando tenía diecisiete años, hubo un incendio en nuestra casa. Mi madre y mis hermanos estaban dentro. Yo entré para sacarlos.
Alejandro sintió un nudo en la garganta.
—¿Y esa marca?
—Me cayó encima una parte del techo.
Araceli miró la cicatriz.
—Desde entonces llevo esto.
Alejandro tomó su mano.
—Y todos pensaron que…
—Que era una mujer con tres hijos y una historia vergonzosa.
Sonrió con tristeza.
—Nunca me defendí porque mis hermanos necesitaban el dinero. Si la gente quería hablar, que hablara.
Alejandro sintió vergüenza.
No por ella.
Por haber permitido que los rumores influyeran en lo que pensaba.
Pero todavía había algo que no entendía.
—¿Por qué nunca me dijiste la verdad?
Araceli lo miró directamente.