Esteban golpeó el descansabrazos.
—Brenda, estás exagerando.
—No. Estoy documentando.
Saqué el celular.
Reproduje el audio.
La voz de Tomás llenó la sala:
“Cuando mi papá se muera, tú te vas a largar de esta casa.”
Luego la de Esteban:
“Déjala. Mientras me sirva, que se quede.”
Tomás se puso rojo.
Esteban cerró los ojos.
—Apaga eso.
—No.
—Brenda.
—Lo escuchó la licenciada. También lo escuchó una psicóloga del Centro de Justicia para las Mujeres. Me explicaron que ahí dan atención integral, jurídica y psicológica a mujeres según sus necesidades y con perspectiva de derechos humanos. No fui a llorar. Fui a aprender cómo se llama esto.
—¿Me denunciaste?
—Todavía no por todo.
Tomás se adelantó.
—Vieja loca, si crees que vas a quitarle algo a mi papá—
—Un paso más —lo corté— y llamo a la policía.
Se detuvo.
No porque me respetara.
Porque por primera vez no sabía qué tan lejos había llegado yo.
—Tomás —dije—, se acabaron tus depósitos.
—No puedes hacer eso.
—No son míos. Eran de la pensión y del seguro de tu papá. Pero la abogada va a pedir revisión porque mientras él decía no tener para pagar enfermera, sí tenía para tus viajes a Cancún, tu moto y tus tenis de diecisiete mil pesos.
Tomás miró a su padre.
—Dijiste que todo estaba arreglado.
Esteban lo fulminó.
—Cállate.
Yo sonreí.
—Eso. Cállense entre ustedes. A mí ya me cansaron.
Fui a la puerta y la abrí.
Afuera estaba una mujer de uniforme blanco con una mochila médica.
Esteban frunció el ceño.
—¿Quién es ella?
—Claudia. Enfermera certificada. Turno nocturno.
La mujer entró con calma.
—Buenas tardes.
Esteban me miró como si lo hubiera traicionado.
—Yo no necesito una enfermera.
—Dijiste que sí. Dijiste que valía un dineral.
Tomás se rio por nervios.
—¿Y quién va a pagarla?
Dejé el contrato sobre la mesa.
—Tu papá. Con su cuenta oculta.
Esteban se quedó blanco.
—No tienes acceso a esa cuenta.
—No. Mi abogada sí puede solicitar que se cubran tus cuidados con tus propios recursos. Y mientras se resuelve, yo ya no voy a hacer turnos de veinticuatro horas gratis.
Claudia revisó la cama hospitalaria, la sonda, los medicamentos y la libreta donde yo anotaba horarios.
—Señora Brenda, ¿usted llevaba esto sola?
Asentí.
—Cinco años.
Ella me miró con una mezcla de respeto y tristeza.
—Eso no es sostenible.
Yo casi lloré.
No por Esteban.
Por mí.
Porque bastó que una desconocida dijera una frase simple para confirmar lo que yo llevaba años negándome.
No era sostenible.