—¿Papá? ¿Qué pasó?
Yo caminé hasta la mesa, dejé mi bolsa encima y miré a mi esposo.
A ese hombre al que había bañado cinco años.
A ese hombre que me había visto dejar de comprar ropa, dejar de salir, dejar de dormir, dejar de existir.
—Cuelga —le dije.
Esteban intentó sonreír.
—Brenda, estás entendiendo mal.
—Cuelga.
No levanté la voz.
Eso fue lo que lo asustó.
Tomás seguía hablando.
—Papá, ¿está ahí la señora?
Esteban cortó la llamada.
—No sé qué escuchaste, pero—
—Escuché suficiente.
Me acerqué a él despacio.
La silla de ruedas estaba junto a la ventana. La sala olía a pañal limpio, desinfectante y sopa de verduras. El televisor estaba encendido sin sonido, mostrando un programa de concursos donde todos aplaudían como si la vida fuera justa.
—Brenda, no empieces con dramas.
Me reí.
Una risa chiquita.
Muerta.
—Cinco años limpiándote el cuerpo y todavía crees que mi dolor es drama.
Su cara cambió.
—Tú decidiste quedarte.
—Sí. Y hoy decido dejar de servir.
El color se le fue del rostro.
—¿Qué significa eso?
Saqué una carpeta de mi bolsa.
Él la reconoció de inmediato.
La carpeta gris.
La que guardaba en el cajón de abajo del clóset, detrás de unas cobijas viejas.
—¿Dónde encontraste eso?
—En mi casa.
—Es mi documentación privada.
—No. Es la prueba de que mientras yo peleaba con el IMSS por tus terapias, tú mandabas dinero a Tomás, escondías cuentas y planeabas sacarme de la casa que llevo cinco años manteniendo.
Esteban apretó las ruedas de su silla.
—No puedes hacerme esto. Soy tu esposo. Estoy enfermo.
—No estás enfermo de la lengua.
Le puse frente a él una hoja.
—Este poder notarial no lo firmé yo.
Se quedó mirando el papel.
No parpadeó.
Ahí entendí que no solo sabía.
Él lo había ordenado.
—Era para protegerte —dijo.
—¿Falsificar mi firma era protegerme?
—Tú no entendías de asuntos legales.
—No. Tú rezabas para que nunca entendiera.
La puerta se abrió sin tocar.
Tomás entró como siempre, con gorra, tenis caros y cara de dueño.
—¿Qué le estás haciendo a mi papá?
Yo ni siquiera volteé.
—Buenas tardes, Tomás. En esta casa se toca.
—Esta casa es de mi papá.
Ahora sí lo miré.
—No.
Él se rio.
—Ay, señora, no empiece.
Abrí otra hoja.
—Esta casa se compró dentro del matrimonio, pero el enganche salió de mi cuenta y las remodelaciones las pagué yo. Además, tu papá la hipotecó sin avisarme usando un poder falso. Eso ya lo está revisando mi abogada.
Tomás dejó de sonreír.
—¿Abogada?