“Hemos gastado casi 20,000 en esta boda. ¿Y tú dónde demonios estabas?” La voz de Regina temblaba de furia contenida, aguda como un cristal a punto de romperse. “¿Te crees la más lista de aquí? ¿Piensas que puedes hacer lo que te dé la gana? Todos esperando como tontos. El novio avergonzado delante de los invitados, los camareros sin saber qué hacer y la señorita desaparecida.”
Lucía bajó del coche sintiendo las piernas flojas como si hubiera corrido un maratón. El vestido se le había arrugado durante el trayecto y tenía una pequeña mancha en el dobladillo que no sabía de dónde había salido. “Había una operación de urgencia”, contestó esforzándose por mantener la calma, aunque por dentro le temblara todo, aunque quisiera gritar que acababa de salvar una vida, que había hecho algo importante, algo que merecía respeto y no reproches. “Un niño de 5 años llegó a las 5 de la mañana con el bazo roto por un accidente de tráfico. Si no hubiera entrado, habría muerto. No había nadie más. Todos los cirujanos estaban ocupados o fuera.”
“Me da igual tus operaciones”, la cortó Regina con un gesto de desprecio, agitando la mano como si espantara una mosca. “Siempre tienes excusas, que si la guardia, que si la operación, que si tu disertación esa que a nadie le importa, que si el congreso, que si la formación. Escoges el mejor momento, ¿no te parece? Justo hoy, justo el día de tu boda. Qué casualidad.”
“Un médico también tiene que entender ciertas cosas”, intervino Sergio, avanzando con la pose de quien está acostumbrado a que su palabra sea ley, con ese aire de superioridad que Lucía había aprendido a reconocer en los tres años que llevaba aguantándolo. “Hay prioridades en la vida. El día de la boda es el día de la boda. No se puede posponer ni cancelar por capricho. Dejar plantado a mi hermano delante de los invitados, delante de toda la ciudad, es una vergüenza para la familia Suárez. ¿Tienes idea de lo que van a decir de nosotros?” Lucía lo miró fijamente sin pestañear. “No fue un capricho, fue una emergencia médica. Un niño de 5 años.”
“Una carrerista así no sirve de esposa para un hombre de verdad”, añadió la tía Leonor, saboreando cada palabra con un placer cruel que apenas disimulaba, dando un paso adelante para asegurarse de que Lucía la oyera bien. “Siempre dije: no hace buena pareja con Andrés, no hace buena pareja. Una mujer que pone su trabajo por encima de su familia no merece tener familia. La otra, Inés, sí que es una muchacha de casa. Cocina, cuida de su madre, no le lleva la contraria a nadie, sabe cuál es su lugar. Es así que habría sido una buena esposa.”
Lucía sentía cómo se le encendía la cara mientras decenas de ojos se clavaban en ella. En cada mirada había una sentencia dictada de antemano, sin derecho a apelación, sin posibilidad de defensa. Años de aguantar las burlas veladas por sus guardias nocturnas, las indirectas de que una mujer decente no trabaja 20 horas al día, los comentarios sobre lo delgada que estaba, sobre las ojeras que siempre llevaba, sobre cómo descuidaba su aspecto, las comparaciones constantes con la dócil Inés, que cocinaba maravillosamente, atendía a su suegra con devoción, nunca levantaba la voz y siempre estaba disponible cuando la llamaban.