Volví 2 días antes y encontré a mi mujer embarazada comiendo en la cocina mientras mi hijo escondía pan duro en el bolsillo. Oí a mi hermana decir: “Que coma las sobras. Una mujer inútil no merece sentarse a nuestra mesa”. No discutí: activé la grabación y confirmé que todos acudirían a la firma. Solo yo sabía lo que escondía la cláusula 7.

Fue la primera vez que se dirigió directamente a ella desde la llegada de Álvaro.

Marta se quedó quieta.

Leo, que llevaba varios minutos mirando sus manos, alzó la cabeza.

—Tía, ¿yo también sobraba?

Nadie respondió.

El niño no lloró. Eso lo hizo peor.

—Leo, los adultos dicen cosas cuando están enfadados —murmuró Marta.

—No te acerques —respondió Clara, protegiendo a su hijo.

Joaquín golpeó la mesa con la palma.

—Basta. Esto se ha convertido en un espectáculo absurdo. La casa la pagó Álvaro. Todos lo sabemos.

Clara lo miró con una calma nueva.

—No.

Álvaro no tuvo que ayudarla.

—La entrada salió de los ahorros de los 2 y la escritura está a mi nombre.

Teresa confirmó que Clara era la titular registral. Mercedes miró a su hijo, desconcertada.

—La compramos juntos —dijo Álvaro—. Y decidimos juntos cómo inscribirla.

—Pero nosotros somos tu familia.

Clara miró las 2 mantas que aún seguían dobladas junto al pasillo porque nadie había tenido tiempo de subirlas.

—Yo también era familia cuando me mandasteis a dormir en el suelo.

Mercedes empezó a llorar.

—Solo queríamos que aprendieras a respetar lo que Álvaro ha construido.

—Clara sostuvo esta casa cuando mi empresa apenas sobrevivía —dijo Álvaro—. No vuelvas a hablar de ella como si fuera una invitada.

Irene giró el portátil hacia Álvaro.

—Hay algo más.

Joaquín cambió de expresión.

La abogada había recibido esa misma mañana una alerta del departamento de cumplimiento. 4 días antes, alguien había enviado desde una cuenta vinculada a Joaquín una copia de un borrador antiguo del poder a una asesoría financiera de Madrid.

El mensaje preguntaba si las participaciones de Álvaro podían utilizarse como garantía para una operación de 780.000 euros.

Álvaro no apartó la mirada de su padre.

—¿Para qué necesitabas 780.000 euros?

Joaquín permaneció callado.

Marta dejó de mirar a nadie.

Fue Mercedes quien se sentó de golpe.

—Joaquín…

Irene continuó.

La operación estaba relacionada con Construcciones Serrano Norte, la pequeña empresa familiar que Joaquín había dirigido durante 30 años. Acumulaba deudas con proveedores y un préstamo vencido. Si no aportaba nuevas garantías antes de final de mes, perdería 2 naves y probablemente tendría que cerrar.

El plan tenía un precio exacto: Joaquín quería las participaciones de su hijo para salvar su empresa.

—Podrías habérmelo pedido —dijo Álvaro.

—¿Para que me dieras una limosna?

—Para buscar una salida legal. Lo que no entiendo es usar a mi mujer y a mi hijo para obligarme.

Joaquín se volvió hacia Clara.

—Ella te ha puesto contra nosotros desde el principio.

Clara no respondió de inmediato. Se remangó despacio y dejó visible el hematoma de la muñeca.

—¿También hice yo esto?

Marta palideció.

Álvaro la miró.

—Dime qué pasó.

Clara contestó antes que ella.

2 noches atrás, Marta le había arrebatado el teléfono cuando intentó llamar a Álvaro y le apretó la muñeca al recuperarlo. Después Mercedes aseguró que Álvaro sabía cómo vivían.

—Me repetíais que, si contaba algo, destruiría su relación con vosotros —dijo Clara.

Mercedes bajó la cabeza.