Al pasar junto a Clara, rozó el respaldo del taburete y dejó ver un instante la pantalla del móvil: la grabación seguía activa. Ella entendió. El miedo no desapareció, pero sus ojos cambiaron.
Más tarde, cuando los demás subieron, Álvaro logró quedarse a solas con ella.
—¿Quién te hizo eso en la muñeca?
—Marta. Quise llamarte y me quitó el teléfono.
—¿Por qué no insististe?
Clara tragó saliva.
—Porque tu madre decía que tú habías dado permiso. Que querías que aprendiera a no aprovecharme de ti.
Álvaro cerró los ojos un instante.
—Nunca dije eso.
—Ahora lo sé.
Pasos en el pasillo interrumpieron la conversación.
Antes de separarse, Clara preguntó:
—¿Y el poder?
Álvaro bajó la voz.
—No es el documento que ellos creen.
Aquella noche durmió con Clara y Leo en el colchón del cuarto de servicio. A las 6:40, antes de amanecer del todo, envió un único mensaje al notario:
“Mañana, cláusula 7. Léala en voz alta antes de cualquier firma”.
PARTE 3
A las 9:55 de la mañana siguiente, el comedor parecía otro lugar.
Clara estaba sentada a la mesa y Leo ocupaba la silla a su lado. Cuando Joaquín protestó porque el niño estuviera presente, Álvaro respondió:
—Entonces procuremos que hoy nadie diga nada que un niño no deba escuchar.
A las 10:00 llegó Teresa Valdés, la notaria que llevaba años trabajando con Álvaro en operaciones societarias. Venía acompañada por Irene Salas, abogada externa de Iberia Shield, la empresa de ciberseguridad que Álvaro había fundado 9 años atrás.
El detalle incomodó a Joaquín.
—Pensaba que esto era una firma familiar.
—Es un poder relacionado con una empresa —contestó Teresa—. Es normal que esté presente la asesora jurídica.
Marta dejó el móvil boca abajo.
Mercedes evitó mirar a Clara.
Teresa abrió una carpeta azul y colocó el documento en el centro.
—Antes de firmar, leeremos las facultades y las exclusiones.
Joaquín soltó una risa impaciente.
—No hace falta perder tiempo. Álvaro conoce el documento.
—Precisamente por eso —dijo Álvaro—. Léalo.
Teresa empezó.
El poder permitía a Joaquín realizar solo gestiones administrativas concretas durante las ausencias de su hijo. Nada relacionado con la propiedad de la empresa.
Al llegar a la cláusula 7, Teresa redujo el ritmo.
—“Quedan expresamente excluidas la venta, cesión, pignoración, donación, transmisión o alteración de titularidad de participaciones sociales, así como cualquier disposición sobre bienes inmuebles o activos pertenecientes a Clara Montes Rivas. Toda actuación fuera de estas facultades carecerá de autorización y deberá ser comunicada de inmediato al otorgante y a la asesoría jurídica de la sociedad”.
El silencio fue absoluto.
Joaquín extendió la mano.
—Déjeme ver eso.
Leyó la página con rapidez, volvió a la anterior y después miró a Álvaro.
—Esto no es lo que habíamos hablado.
La frase salió demasiado pronto.
Álvaro apoyó los antebrazos sobre la mesa.
—¿Qué habíamos hablado exactamente?
—Sabes perfectamente a qué me refiero.
—No. Quiero que lo digas.
Marta intervino.
—Papá solo quería ayudarte mientras viajas.
Irene, la abogada, abrió su portátil.
—Entonces no debería haber ningún problema con estas limitaciones.
Joaquín miró a la letrada con una hostilidad que ya no intentó disimular.
—Esto es un asunto entre mi hijo y yo.
—Ayer también era un asunto entre usted, su hija y su esposa —respondió Álvaro.
Sacó el móvil.
Clara lo miró, pero esta vez no bajó los ojos.
Álvaro reprodujo primero la voz de Marta.
“Cuando firme, sacamos a esa mujer y al niño. Esta casa tiene que volver a la familia.”
Después se oyó a Mercedes.
“Diremos que se marchó porque quiso.”
Por último, la voz de Joaquín llenó el comedor.
“Después movemos las participaciones. Cuando se dé cuenta, ya no tendrá el control.”
Teresa cerró la carpeta sin decir nada.
Irene dejó de escribir.
Marta se puso de pie.
—Eso está sacado de contexto.
—¿Qué contexto hace falta para explicar que querías echar a un niño de 5 años de su casa? —preguntó Clara.