Aquella frase destruyó la última barrera que quedaba en el corazón del anciano.
Malcolm se levantó con dificultad.
—Ven conmigo.
—¿Adónde?
—A buscar a tu madre.
Cuando Brianna entró en la biblioteca unos minutos después, se quedó blanca al ver a su hijo junto al señor Greyford.
—Señor Greyford, yo puedo explicarlo…
Malcolm levantó una mano.
—No tienes que explicar nada.
Brianna bajó la cabeza.
—Lo siento. Por traerlo aquí…
—No estás despedida.
Ella levantó la mirada.
—¿Qué?
Malcolm tomó el sobre de cinco mil dólares y se lo entregó.
Brianna retrocedió.
—No puedo aceptar eso.
—No te lo estoy dando como limosna.
Señaló a Milo.
—Estoy pagando una deuda.
Brianna no entendió.
Malcolm sonrió por primera vez en años.