Dos veces.
Después la tos se volvió más fuerte.
Malcolm abrió los ojos.
El niño se llevó una mano al pecho.
—¿Estás bien? —preguntó Malcolm, olvidándose por completo de fingir.
Milo levantó la cabeza sorprendido.
—¡Usted estaba despierto!
Malcolm se incorporó lentamente.
—Sí.
Milo miró hacia la puerta.
—Mi mamá se va a enojar.
—No voy a despedirla.
El niño lo observó con desconfianza.
—¿De verdad?
—De verdad.
Milo se acercó lentamente.
—Entonces… ¿por qué puso el dinero ahí?
Malcolm se quedó callado.
Por primera vez en mucho tiempo, sintió vergüenza de sus propias acciones.
—Quería comprobar si alguien intentaría robármelo.
Milo frunció el ceño.
—Eso no es justo.
Malcolm levantó las cejas.
—¿Por qué?
—Porque si alguien es pobre, usted está esperando que haga algo malo solo porque necesita dinero.
Aquellas palabras golpearon al anciano con más fuerza que cualquier insulto.
Milo señaló el sobre.
—Mi mamá necesita dinero. Mucho. Pero si ella lo encuentra, se lo devolvería.
—¿Cómo puedes estar tan seguro?
El niño bajó la mirada.
—Porque mi papá decía que una persona puede perder todo menos su forma de ser.
Malcolm guardó silencio.
—¿Tu padre era un buen hombre?
Milo sonrió.
—Sí.
—¿Qué le pasó?
La sonrisa desapareció.
—Murió.
Malcolm sintió un nudo en la garganta.
—Lo siento.
Milo se encogió de hombros.
—Yo también.
Después miró alrededor de la enorme biblioteca.
—Pero mi mamá dice que él estaría orgulloso de nosotros.
En ese momento, Malcolm vio algo en el niño que no había visto en ninguno de sus propios hijos.
No era inteligencia.
No era educación.
Era carácter.
Y eso lo hizo tomar una decisión.
—Milo.
—¿Sí?
—¿Qué quieres más que cualquier cosa?
El niño pensó durante unos segundos.
Malcolm esperaba que pidiera dinero.
Un juguete.
Una computadora.
Cualquier cosa.
Pero Milo respondió:
—Quiero que mi mamá deje de trabajar tanto.
Malcolm se quedó completamente inmóvil.
—¿Por qué?
—Porque llega cansada y cree que yo no la escucho llorar por las noches.