Sentí un frío extraño.
Durante años nunca la había escuchado llamar “hija” a Lucía cuando estaba viva.
Uno de los trabajadores tomó la pala.
Y entonces una voz de mujer sonó desde la entrada del panteón.
—Ya basta de actuar.
Todo quedó en silencio.
Me volví.
Lucía estaba allí.
Tenía la muñeca izquierda vendada, el rostro pálido y una pequeña herida junto a la ceja. A su lado estaban Mariana y 2 agentes.
Sofía corrió antes que nadie.
—¡Mamá!
Lucía se agachó con dificultad y la abrazó.
Yo avancé un paso.
Ella levantó la mano.
—Quédate ahí, Javier.
Me detuve.
Mi madre parecía haber dejado de respirar.
—¿Estás… viva?
Lucía la miró.
—Sí. Y eso es precisamente lo que ustedes no querían que nadie comprobara.
Los agentes ordenaron abrir el ataúd.
Cuando levantaron la tapa, aparecieron los costales de arena y la ropa vieja.
Los murmullos se extendieron por todo el panteón.
Mi madre se levantó de golpe.
—¡Yo no hice esto! ¡Fue Diego! ¡Todo fue por salvar a Diego!
Lucía respondió sin gritar:
—Usted abrió mi cajón. Fotografió mis documentos. Mintió sobre mi muerte. Organizó un funeral sin confirmar que existiera un cuerpo.
—¡Porque tú nunca quisiste ayudar a la familia!
—Le presté 350 mil pesos.
—¡Tenías más de 2 millones!
Lucía la miró fijamente.
—Eso era la herencia de mis padres. No una cuenta de emergencia para las deudas de su hijo.
En ese momento trajeron a Diego escoltado.
Al ver a su madre, perdió el control.
—¡Tú también sabías!
Teresa gritó:
—¡Yo solo tomé las fotos porque tú me rogaste!
—¡Y tú llamaste a Javier para decirle que Lucía estaba muerta!
Por primera vez, madre e hijo dejaron de protegerse y comenzaron a acusarse.
Yo escuché en silencio.
Antes habría intentado detener la discusión.
Ese día no.
Me acerqué a Lucía y me arrodillé frente a ella.
—Perdóname.
Ella no me ayudó a levantarme.
—¿Por qué exactamente?
No pude responder con una sola cosa.