Mercedes le sirvió café sin azúcar.
—Yo también.
—Pero ella solo intentaba cuidar de ti.
—Cuidar no es entrar a escondidas.
Daniel suspiró.
—Estás haciendo esto más grande de lo que es.
Mercedes lo miró largo rato.
—Para ti es una llave. Para mí es la puerta de mi casa.
Daniel no respondió.
Antes de irse dijo:
—Ojalá fueras menos difícil.
Mercedes cerró la puerta detrás de él y, por primera vez en años, no lloró.
Sacó una libreta, anotó cada vez que Lorena había entrado sin permiso y abrió la aplicación de la cámara. Ahí estaban los videos: Lorena entrando los martes, los jueves, los lunes. Lorena saliendo con sobres del correo. Lorena revisando cajones. Lorena comportándose como dueña.
A la mañana siguiente llamó a un cerrajero.
Cuando el hombre terminó, Mercedes sostuvo las dos llaves nuevas en la mano y sintió que respiraba mejor.
Una hora después, Lorena llegó.
Metió su vieja llave.
No abrió.
La volvió a meter.
Nada.
Se rió, creyendo que Mercedes solo estaba siendo dramática.
Pero no sabía que Mercedes ya había cambiado algo más.
Y cuando Lorena se fue furiosa, Daniel empezó a llamar sin parar, porque acababa de descubrir que la casa ya no estaba esperando a ninguno de los dos.
PARTE 2
Mercedes dejó sonar el teléfono.
Una vez.
Dos veces.
Diez veces.
En la pantalla aparecía el nombre de Daniel, luego el de Lorena, luego otra vez Daniel. Los mensajes empezaron tranquilos y terminaron desesperados.
“Mamá, contesta.”
“¿Qué hiciste?”
“Lorena está muy alterada.”
“Necesitamos entrar a la casa.”
Mercedes dejó el celular sobre la mesa y siguió preparando té de manzanilla.
No porque no le doliera.
Le dolía.
Pero el dolor ya no era una orden.
A las cinco de la tarde tocaron la puerta con fuerza.
Mercedes miró la cámara. Daniel estaba afuera, despeinado, con el rostro pálido. A su lado Lorena traía los brazos cruzados y una carpeta apretada contra el pecho.
Mercedes abrió solo la puerta de madera y dejó cerrada la reja.
—Buenas tardes.
Lorena fue directa:
—Abra. Tenemos que hablar adentro.
—Aquí se escucha bien.
Daniel levantó la vieja llave.
—Mamá, esto no funciona.
—Lo sé.
—¿Por qué cambiaste las cerraduras sin avisarnos?
Mercedes sostuvo la mirada de su hijo.
—Porque ustedes entraban sin avisarme.
Lorena soltó una carcajada.
—¿Ustedes? Yo entraba para ayudarla. ¿O también va a decir que le robé?
Mercedes no contestó.
Daniel tragó saliva.
—Mamá, Lorena dice que usted fue al fraccionamiento.
Ahí estaba.
Lo otro.
Lo que Mercedes había cambiado.