Una directora ejecutiva se negó a pagarle al padre soltero que renovó su jet, y entonces todos los pilotos se negaron a volarlo.

Renata se impacientó.

—¿Puede repararlo o no?

Tomás se limpió las manos con un trapo.

—Sí.

Los ingenieros de la empresa soltaron murmullos.

—Pero no voy a ocultar daños para cumplir una fecha —continuó—. Si encuentro algo peligroso, se reemplaza. Nadie subirá a este avión hasta que yo pueda poner a mi hija dentro sin miedo.

Renata lo miró con frialdad.

—Su hija no viajará en él.

—Entonces imagine que sí.

El contrato establecía el pago completo del trabajo, materiales especiales y una compensación adicional si la aeronave quedaba lista dentro del plazo.

Durante las siguientes 4 semanas, Tomás prácticamente vivió en el hangar.

Descubrió que las grietas eran más profundas de lo informado. Para reforzar el ala, diseñó una pieza personalizada que distribuía el peso de una manera más segura que la estructura original.

Trabajaba hasta la madrugada.

Valentina hacía la tarea en una pequeña oficina y le llevaba tortas envueltas en servilletas.

—Otra vez no comiste, papá.

—Estaba ocupado.

—Siempre dices eso.

—Y tú siempre me descubres.

La niña observaba fascinada cómo su padre medía, soldaba y revisaba cada tornillo.

Una noche, Renata pasó por el hangar y encontró a Tomás dormido sobre una mesa, con la cabeza apoyada junto a los planos. Valentina le había colocado una chamarra encima.

—¿Por qué no se van a casa? —preguntó Renata.

La niña bajó la voz.

—Porque mi papá prometió entregar el avión. Él nunca rompe sus promesas.

Renata no respondió.

El día 27, inspectores independientes revisaron la aeronave.

Todas las pruebas fueron aprobadas.

Uno de ellos afirmó que el avión era ahora más seguro que cuando había salido de la fábrica.

La empresa celebró. El contrato internacional estaba salvado y Renata apareció ante los medios hablando de eficiencia y excelencia.

No mencionó a Tomás.

Cuando él presentó la factura, el director financiero frunció el ceño.

—La señora Alcázar solo autorizó pagar el 40 %.

Tomás creyó haber escuchado mal.

—El contrato está firmado.

—La empresa considera que utilizó más horas de las necesarias y realizó modificaciones que no fueron solicitadas.

—Esas modificaciones evitaron que el ala se partiera.

Renata apareció en la oficina.

—La compañía pagará lo que considere razonable.

—No fue lo acordado.

—Señor Aguilar, usted es un técnico independiente. Mi departamento jurídico tiene 14 abogados. Piénselo antes de convertir una diferencia de pago en una batalla.

Tomás recogió lentamente sus documentos.

No gritó.