No suplicó.
—El avión está seguro —dijo—. Mi trabajo no necesita amenazas para defenderse.
Salió cargando la misma caja de herramientas con la que había llegado.
Esa noche, Valentina lo encontró sentado frente a una cena intacta.
—¿No te pagaron?
Tomás trató de sonreír.
—Pagaron una parte.
—¿Entonces ya podemos arreglar mi calentador?
Él bajó la mirada.
Valentina comprendió la respuesta.
Tomó la mano áspera de su padre.
—No importa. Puedo dormir con 2 cobijas.
Aquellas palabras rompieron algo dentro de Tomás.
A la mañana siguiente, el avión reparado estaba listo para despegar.
Los empresarios ya habían abordado cuando el capitán revisó los documentos técnicos.
Al encontrar la firma de Tomás Aguilar, se comunicó con el hangar.
—¿El ingeniero recibió el pago completo?
Nadie quiso responder.
El capitán se quitó los audífonos.
—Hasta que lo hagan, este avión no despega conmigo.
Renata pensó que podía sustituirlo.
Pero el copiloto abandonó también la cabina.
Y 40 minutos después, cuando llegó una nueva tripulación, ocurrió exactamente lo mismo.
PARTE 2: EL AVIÓN QUE NADIE QUISO VOLAR
Antes del mediodía, 7 pilotos habían rechazado el vuelo.
Ningún sindicato anunció una huelga. No hubo carteles ni comunicados oficiales.
Simplemente, cada piloto que leía el nombre de Tomás Aguilar en los registros hacía la misma pregunta:
—¿Le pagaron?
Cuando recibía una respuesta evasiva, se negaba a subir.
Los pilotos confiaban plenamente en la reparación. El problema no era técnico.
Era moral.
—Si una empresa engaña al hombre que reconstruyó el ala —explicó un capitán veterano—, mañana puede presionarnos para ignorar una alerta de seguridad con tal de no perder dinero.
El contrato internacional fue aplazado.
La noticia circuló por los hangares de Querétaro, Toluca y Monterrey. Mecánicos, inspectores y tripulaciones comenzaron a hablar del caso.
En menos de 24 horas, Alcázar Aviación tenía un avión valuado en cientos de millones de pesos detenido sobre la pista.
Cada día de retraso costaba una fortuna.
El consejo de administración convocó una reunión de emergencia.
Renata llegó furiosa.
—Esto es un chantaje.
—No exactamente —respondió su tío, Héctor Alcázar, vicepresidente financiero—. Nadie ha pedido dinero adicional. Solo exigen que cumplamos el contrato.
Héctor había sido quien recomendó reducir el pago. Aseguró que un mecánico independiente jamás podría enfrentarse a ellos.
Ahora intentaba protegerse.
—Ese hombre exageró los daños para aumentar la factura —declaró—. Tal vez deberíamos demandarlo y cuestionar públicamente su trabajo.
Renata aceptó publicar un comunicado donde afirmaban que existían “irregularidades técnicas y económicas”.