Tomás recibió la noticia mientras reparaba una avioneta agrícola.
—Dicen que hiciste trabajos innecesarios —comentó otro mecánico.
—Tengo todas las pruebas.
—Pero ellos tienen dinero.
Tomás levantó la mirada.
—El metal no entiende de dinero. Una grieta existe aunque un millonario diga que no.
Valentina escuchó la conversación desde la oficina.
Esa tarde encontró a su padre guardando documentos en cajas.
—¿Nos vamos a mudar?
—Tal vez.
—¿Por mi calentador?
Tomás se arrodilló frente a ella.
—No hiciste nada malo.
—Tú tampoco.
La niña lo abrazó con fuerza.
Mientras tanto, uno de los inspectores que había certificado la aeronave entregó al consejo un informe que Renata no había leído.
En él se explicaba que la reparación adicional de Tomás había evitado una posible separación estructural del ala. Sin aquel refuerzo, el avión podía haber fallado durante un vuelo a gran altitud.
Renata llamó a Héctor.
—¿Sabías esto?
—El documento llegó después de que reducimos el pago.
—Te pregunté si lo sabías.
Héctor guardó silencio.
Renata revisó los correos y descubrió algo peor.
Su tío había ordenado modificar el reporte interno para que las horas adicionales parecieran injustificadas. También había preparado un contrato con otro taller relacionado con uno de sus socios.
Si Tomás aceptaba el pago reducido, Héctor reclamaría para sí parte del dinero ahorrado y entregaría el mantenimiento futuro a la empresa de su amigo.
Por primera vez, Renata entendió que su arrogancia había permitido el fraude.
Ella había firmado sin revisar porque creyó que Tomás no tenía poder suficiente para defenderse.
El piloto jubilado que lo había recomendado pidió verla.
—Usted piensa que el problema son los vuelos cancelados —le dijo—. No lo es.
—¿Entonces cuál es?
—Nadie sabe quién fabricó cada tornillo de un avión. Confiamos en personas invisibles. Si usted demuestra que esas personas pueden ser humilladas después de salvar vidas, destruye la confianza que mantiene sus aeronaves en el aire.
Aquella tarde, Renata condujo hasta la colonia donde vivía Tomás.
Esperaba encontrar abogados, periodistas o un hombre preparando una venganza.
Lo encontró en el pequeño patio, ayudando a Valentina a construir un avión con cartón reciclado.
Las alas se doblaban cada vez que la niña intentaba lanzarlo.
Ambos se reían.
—Necesita más soporte aquí —explicó Tomás señalando el centro—. No todo depende de hacer las alas grandes. También importa cómo repartes el peso.
Renata permaneció junto a la reja.
Valentina fue la primera en verla.
—Papá, es la señora del avión.