Una directora ejecutiva se negó a pagarle al padre soltero que renovó su jet, y entonces todos los pilotos se negaron a volarlo.

Tomás se levantó.

—¿Qué hace aquí?

Renata observó la casa, la camioneta vieja y una ventana cubierta con plástico para impedir que entrara el frío.

Recordó a Valentina durmiendo en el hangar mientras su padre reparaba un avión que ella había utilizado para presumir ante inversionistas.

—Vine a pedirle que regrese.

—No puedo trabajar para alguien que considera que cumplir su palabra es opcional.

—Le pagaremos todo.

—Eso era su obligación desde el principio.

Renata sintió vergüenza.

No estaba acostumbrada a pedir perdón. Mucho menos a alguien que no necesitaba impresionarla.

—Tiene razón.

Tomás no esperaba esas palabras.

—Mi tío manipuló los reportes —continuó Renata—. Pero yo firmé la reducción. Pude revisar y no lo hice porque pensé que usted no podría luchar contra nosotros.

—No estoy luchando para derrotarla. Estoy luchando para que mi hija no aprenda que trabajar honestamente sirve de nada.

Valentina miraba desde el patio, sujetando el avión de cartón.

Renata respiró profundamente.

—Mañana habrá una reunión con todo el consejo. Quiero que esté presente.

—¿Para qué?

—Para que escuchen la verdad de la persona a la que intentamos borrar.

Pero antes de que Tomás respondiera, su teléfono sonó.

Era el propietario del hangar donde trabajaba.

La empresa Alcázar había cancelado todos los contratos relacionados con el lugar.

Tomás perdería su empleo al final de la semana.

La orden había sido firmada por Héctor.

PARTE 3: EL PRECIO DE UNA PROMESA

A las 9:00 de la mañana siguiente, Tomás entró en la sala del consejo cargando su vieja caja de herramientas.

No llevaba traje.

Renata permanecía de pie frente a los directivos, abogados y jefes de departamento.

Héctor sonrió con desprecio.

—¿Ahora los mecánicos participan en decisiones corporativas?

—Hoy sí —respondió Renata.

Ordenó proyectar el informe del inspector.

En la pantalla aparecieron fotografías de las grietas internas y la pieza diseñada por Tomás.

—Este hombre no aumentó innecesariamente las horas —declaró—. Encontró un daño que nuestros ingenieros no detectaron. Su trabajo evitó una posible tragedia.

Héctor se cruzó de brazos.

—Eso no cambia la discusión financiera.

Renata mostró los correos modificados y las conexiones entre Héctor y el taller beneficiado.

—Usted falsificó el reporte, castigó al hangar donde trabaja el señor Aguilar y trató de entregar contratos a una empresa relacionada con su socio.

Los directivos comenzaron a murmurar.

—Soy parte de esta familia —dijo Héctor.

—Precisamente por eso creyó que nunca habría consecuencias.

El consejo lo destituyó y entregó la evidencia a las autoridades.

Después, Renata se colocó frente a Tomás.

—La empresa pagará la factura completa, los intereses por el retraso y una compensación por los daños causados a su reputación y a su lugar de trabajo.

Tomás permaneció en silencio.

—También quiero ofrecerle la dirección de seguridad e integridad técnica —continuó—. Tendrá autoridad para detener cualquier vuelo si considera que existe un riesgo, incluso si la decisión cuesta millones.

—¿Y si el consejo no está de acuerdo?