PARTE 1
—Si vuelves a negarte, mañana no vas a poder mover ni la mano que todavía te sirve.
Escuché esa frase 3 días después de instalar una cámara oculta en la recámara de mi madre. La dijo Rodrigo, mi esposo, el hombre que durante 6 años había presumido frente a todos que cuidaba a su suegra como si fuera su propia madre.
Me llamo Mariana Salgado, tengo 39 años y soy directora comercial de una empresa de logística en Monterrey. Mi madre, Teresa, sufrió un derrame cerebral 7 meses atrás. Sobrevivió, pero quedó paralizada del lado izquierdo y perdió casi por completo el habla. Después de salir del hospital, Rodrigo insistió en llevarla a nuestro departamento en San Pedro Garza García.
—Tú trabaja tranquila —me dijo, tomándome de las manos—. Yo me encargo de ella. Para eso somos familia.
Yo le creí.
Mi padre había muerto cuando yo estudiaba la universidad. Mi madre vendió comida afuera de una fábrica para pagarme la carrera. Por eso, cuando enfermó, prometí que nunca le faltaría nada. Contraté a una cuidadora por horas, adapté el baño y compré una cama especial. Rodrigo parecía el yerno perfecto: le preparaba avena, la llevaba al balcón, le masajeaba las piernas y hasta discutía conmigo si yo llegaba tarde.
Todo cambió un sábado.
Al ayudar a mi madre a cambiarse, vi un moretón oscuro alrededor de su muñeca. Cuando lo toqué, ella retiró el brazo con desesperación. Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—¿Te caíste, mamá?
Negó con la cabeza y miró hacia la puerta.
Esa noche pregunté a Rodrigo. Él suspiró, avergonzado.
—Se resbaló cuando la pasé de la silla a la cama. La sujeté fuerte para que no se golpeara la cabeza. Fue mi culpa.
La explicación parecía razonable. Mi madre tomaba anticoagulantes y cualquier presión podía dejarle marcas. Quise creerle, pero 2 semanas después encontré moretones redondos en sus muslos, raspones bajo las costillas y pequeñas quemaduras en la planta de un pie.
Sentí que el piso desaparecía.
—Mamá, ¿Rodrigo te hace esto?
Al escuchar su nombre, ella apretó mi brazo con la única mano que podía mover. No negó. Me suplicó en silencio que no lo enfrentara. Desde la sala llegaba la voz de mi esposo narrando un partido como si nada ocurriera.
Quise salir y romperle la cara, pero entendí que sin pruebas él culparía a la cuidadora, fingiría un accidente o se volvería más cuidadoso. Así que sonreí durante la cena, soporté que me sirviera sopa y le agradecí por “cuidar tan bien” a mi madre.
Al día siguiente compré una cámara diminuta disfrazada de cargador. La instalé frente a la cama, conectada a mi celular y a una nube privada.
Durante 3 días, Rodrigo no hizo nada. Entraba con comida, acomodaba las almohadas y hablaba con dulzura. Sin embargo, mi madre se tensaba cada vez que él aparecía. Escondía la mano bajo la cobija y cerraba los ojos como una niña aterrada.
Entonces inventé una guardia nocturna en la oficina. Le dije que la cuidadora tampoco iría y que tendría que quedarse solo con mi madre.
Rodrigo sonrió demasiado rápido.
A las 8:17 de la noche, mientras yo observaba desde mi automóvil en el estacionamiento del edificio, la cámara detectó movimiento. Rodrigo entró a la recámara con una carpeta, un cojín mojado y unas pinzas metálicas.
En ese instante comprendí para qué eran los moretones.
Y todavía no podía creer lo que estaba a punto de ocurrir…
PARTE 2
Rodrigo cerró la puerta y arrojó lejos el teléfono de mi madre.
—Tu hija está trabajando. Esta noche nadie va a interrumpirnos.
Ella empezó a temblar.
Él abrió la carpeta y sacó un contrato de compraventa. Reconocí la dirección de inmediato: era el terreno de 420 metros cuadrados que mi padre había dejado en Santiago, Nuevo León, junto a la Carretera Nacional. Mi madre había rechazado ofertas de más de 11 millones de pesos porque decía que ese patrimonio algún día sería para mí.
En el contrato, el comprador era Rodrigo.
—Solo tienes que poner tu huella —le ordenó—. Después todo se acaba.
Mi madre negó. Rodrigo le quitó la cobija, le apretó la mandíbula y le puso el cojín mojado contra la boca. Luego levantó las pinzas.
—Debo 3 millones 800 mil pesos. Mañana vence el plazo. Si no pago, van a venir por mí. Así que tú decides si me entregas el terreno o si empezamos otra vez.