Traía leggings beige, lentes oscuros y un anillo brillante, aunque el divorcio apenas estaba en proceso.
—Ay, hermana —dijo Renata arrugando la nariz—, hueles muchísimo a gimnasio.
Andrés se rió bajito.
Valeria abrió el refrigerador, sacó agua y tomó un trago.
No contestó.
Andrés miró sus brazos. Ya no eran los mismos. Todavía no parecían de atleta, pero tenían firmeza, una señal nueva de vida.
Renata notó esa mirada y se pegó más a él.
—Vámonos, amor. Mi mamá nos espera.
Valeria cerró la botella.
—Que les vaya bonito.
Nada más.
Esa noche entrenó hasta que las piernas le ardieron.
A los 6 meses, Doña Carmen pagó parte de su certificación como entrenadora. El resto lo completó Valeria vendiendo ropa, muebles y hasta una vajilla que le habían regalado en la boda.
Empezó entrenando a mujeres que llegaban después de divorcios, partos, infidelidades o años de escuchar que ya no eran atractivas.
Valeria no les prometía cuerpos perfectos.
Les prometía fuerza.
La voz se corrió rápido.
Una clienta llamada Patricia, dueña de locales comerciales cerca de la Minerva, la invitó a ver una bodega abandonada.
—Aquí podría estar tu gimnasio —dijo.
Valeria se rio.
—Yo limpio baños, Paty.
—No. Tú reconstruyes mujeres. Los baños fueron nomás tu calentamiento.
La bodega tenía vidrios sucios, grafitis, humedad y polvo por todos lados.
Pero Valeria vio espejos, colchonetas, barras, madres entrenando con sus hijas, mujeres entrando con miedo y saliendo derechas.
Le puso Segundo Aire.
Doña Carmen dijo que parecía nombre de grupo de terapia.
Patricia dijo que parecía amenaza.
Valeria sonrió.
—Entonces funciona.
La remodelación casi la quebró. Durmió varias noches en una colchoneta, comió atún con galletas saladas, aprendió de permisos, facturas, contratos y deudas.
Pero cada mañana despertaba dentro de algo suyo.
El gimnasio abrió un sábado de marzo.
Esperaban 50 miembros el primer mes.
Llegaron 280 en 2 semanas.
Un año después de aquella noche en que Andrés se fue con Renata, Segundo Aire ya era conocido en Guadalajara. Valeria tenía su propio equipo, talleres para mujeres, clases con cuidado infantil y una comunidad que la defendía como familia.
También tenía a Mateo.
Mateo era fisioterapeuta deportivo. Había llegado para dar un taller de lesiones de rodilla y terminó quedándose para ayudar a montar barras, revisar rutinas y llevarle café cuando Valeria cerraba tarde.
No intentó salvarla.