PARTE 1
Cuando Andrés le dijo a Valeria que estaba enamorado de su hermana menor, ella tenía una prueba de embarazo positiva escondida en la bolsa de su bata.
No la había comprado por curiosidad.
La había comprado con miedo, con esperanza y con las manos temblando después de casi 2 años de tratamientos, consultas, inyecciones y noches fingiendo que no le dolía ver carriolas en el centro comercial.
Estaban en su casa de Zapopan, una tarde pesada de calor.
Andrés estaba sentado en el sillón, con la televisión prendida sin volumen y el celular boca abajo sobre la mesa. Valeria venía llegando de la clínica, todavía con la bata del trabajo, porque era nutrióloga en un consultorio pequeño cerca de Avenida México.
En su bolsa llevaba la prueba.
2 rayitas.
2 líneas que podían cambiarlo todo.
Ella había imaginado decirle esa noche, con una cajita de regalo y una tarjetita que decía: “Vas a ser papá”. La tenía guardada en el cajón del buró, debajo de unas recetas viejas.
Pero entonces el celular de Andrés vibró.
En la pantalla apareció un nombre.
Renata.
Su hermana.
Y junto al nombre, un corazón rojo.
Andrés sonrió antes de darse cuenta de que Valeria estaba mirando.
No fue una sonrisa cualquiera. Fue una de esas sonrisas íntimas, privadas, como si alguien le hubiera escrito algo que solo ellos entendían.
Valeria sintió que algo frío le bajaba por la espalda.
—¿Desde cuándo mi hermana te manda corazones? —preguntó.
Andrés volteó el celular boca abajo.
—Vale, tenemos que hablar.
Ella no se movió.
La cajita de la prueba dentro de su bolsa empezó a sentirse como una piedra.
—Habla.
Andrés se pasó la mano por la cara. No parecía arrepentido. Parecía cansado de esconder algo.
Y eso fue peor.
—Yo ya no puedo seguir así.
—¿Así cómo?
Él miró hacia la ventana, como si allá afuera estuviera la respuesta.
—Renata me entiende. Con ella no siento presión. Ella es más alegre, más ligera, más… no sé. Me hace sentir vivo.
Valeria soltó una risa seca.
—¿Mi hermana te hace sentir vivo?
—No lo planeamos.
—Claro. Nadie planea traicionar a su esposa con su cuñada. Se les resbala el respeto, ¿no?
Andrés apretó los labios.
—No lo vuelvas vulgar.
—¿Vulgar yo?
Valeria se miró las manos, hinchadas por las hormonas, las uñas mordidas por la ansiedad, los ojos cansados de tanto llorar en silencio.
Durante meses se había inyectado sola en el baño mientras Andrés decía que tenía juntas.
Durante meses escuchó a Renata decirle en las comidas familiares: “Ay, hermana, te ves bien acabada, deberías cuidarte tantito”.
Y todos se reían.
Porque Renata era la bonita.
La divertida.
La que subía fotos en leggings, la que corría en Chapultepec, la que todos decían que tenía “luz”.
—Lo que quieres decir —dijo Valeria despacio— es que ella está flaca y yo ya no.
Andrés guardó silencio.
Ese silencio le contestó todo.
Valeria pudo sacar la prueba en ese momento.
Pudo aventársela al pecho.
Pudo decirle: “Felicidades, estás abandonando a tu esposa embarazada por su propia hermana”.
Pero el celular volvió a vibrar.
Renata otra vez.
Andrés miró la pantalla apenas 1 segundo.
Pero bastó.
Valeria entendió que si hablaba en ese instante, su bebé nacería dentro de una súplica. Y ella ya había suplicado demasiado.
Caminó hacia la puerta principal y la abrió.
—Entonces vete con ella.
Andrés se levantó, sorprendido.
—No seas dramática.
—Vete.
—Valeria, son 7 años.
—Tú los tiraste. Yo solo dejé de barrer el cochinero.
Él tomó una mochila del cuarto. Metió ropa, cargadores, un perfume, unas camisas. Pasó frente a ella con cara de víctima, como si ella lo estuviera corriendo por capricho.
Antes de salir, intentó besarle la frente.