Valeria se hizo a un lado.
—No me toques.
Andrés bajó la mirada y se fue.
Esa misma noche, Renata subió una historia a Instagram desde un restaurante en Tlaquepaque.
Ella aparecía con vestido rojo, copa en mano y la frase:
“Por fin eligiendo mi felicidad”.
Detrás, reflejado en un espejo, estaba Andrés.
Valeria vomitó hasta quedarse sentada en el piso del baño, con una mano sobre el vientre.
—Aguanta, mi amor —susurró—. Tú y yo sí vamos a poder.
Durante las siguientes semanas, nadie la defendió.
Su mamá le pidió “madurez”.
Su papá dijo que “esas cosas pasan”.
Renata mandó un mensaje larguísimo diciendo que el amor no se manda, que ella también sufría y que no quería perder a su hermana.
Valeria no respondió.
Andrés regresó por sus cosas 12 días después. Olía al perfume dulce de Renata, el mismo que ella usaba en Navidad cuando abrazaba a Valeria con cara de inocente.
No notó su palidez.
No notó que caminaba despacio.
No notó que la prueba de embarazo ya no estaba en el cajón, sino escondida en una caja de zapatos con todas las recetas médicas.
—Espero que algún día entiendas —dijo él.
Valeria lo miró sin parpadear.
—Yo ya entendí.
3 semanas después, cuando Andrés y Renata publicaban fotos juntos en Mazamitla, Valeria llegó sola a urgencias con un dolor que le partía el cuerpo.
Perdió al bebé antes del amanecer.
No llamó a Andrés.
No llamó a su mamá.
No llamó a nadie.
Salió del hospital con el vientre vacío y una calma horrible en la cara, como si algo dentro de ella hubiera muerto dos veces.
Ese lunes, manejó sin rumbo hasta una colonia vieja de Guadalajara. Vio un gimnasio pequeño con las cortinas medio rotas y un letrero pegado en la entrada:
SE BUSCA AYUDANTE. TURNO DE MADRUGADA.
Valeria bajó del coche, se limpió las lágrimas con la manga y entró sin saber que ahí comenzaría la venganza más silenciosa de su vida.