—Lo siento —dijo.
Consuelo lo miró duro.
—No diga eso si no va a cambiar algo.
—Voy a cambiarlo.
—No solo por ellas.
—No solo por ellas.
Consuelo tomó la taza con moras y se la entregó.
—Cargue esto. Si voy a entrar a una mansión, no voy a llegar con las manos vacías.
Cuando cruzaron el jardín, Renata los vio desde la ventana abierta.
—¡Consuelo!
Mía apareció detrás con su muñeca y empezó a brincar.
Consuelo no se detuvo ante los escoltas, ni ante el mármol, ni ante el portón enorme.
Caminó directo hacia las niñas.
La puerta del cuarto infantil estaba abierta.
Nunca volvería a cerrarse por fuera.
Renata se lanzó a sus brazos. Mía se abrazó a su falda y lloró escondida, como si por fin pudiera soltar todo el miedo.
Julián observó desde la entrada.
Una mujer sin casa abrazaba a 2 niñas ricas que habían aprendido, demasiado temprano, que el amor no siempre vive donde hay dinero.
En las semanas siguientes quitaron los barrotes.
Renata preguntó:
—¿Las ventanas estaban malas?
Julián se agachó frente a ella.
—No, mi amor. El que estaba mal era papá.
La niña lo pensó.
—¿Mucho?
—Mucho.
Ella le tocó la mejilla.
—Ya no lo hagas.
—No lo haré.
La mansión cambió.
La habitación dejó de llamarse “el cuarto seguro” y se volvió sala de juegos. La cocina olía a caldo, tortillas calientes, avena y fruta fresca. Consuelo revisaba cada comida como si vigilara un tesoro.
Julián la puso en nómina como Coordinadora de Bienestar Infantil.
Ella leyó el cargo y puso los ojos en blanco.
—Eso suena a señora sangrona de oficina.
—Usted sí regaña como señora de oficina —dijo Toño.
—Y tú comes como niño de primaria —le respondió ella.
Renata soltó una carcajada.
Mía la imitó.
Y por primera vez en 1 año, la casa sonó viva.
3 meses después, Julián abrió una fundación para niñas y niños sin hogar. Consuelo exigió que no llevara el apellido Arriaga.
—No todo tiene que tener su nombre, patrón. A veces ayudar también es hacerse a un lado.
La llamaron Casa Ventanas Abiertas.
Porque una ventana, aunque tuviera barrotes, había sido el único lugar por donde entró humanidad cuando todos fallaron.
Una noche, Renata pidió un cuento.