PARTE 1
A las 11:47 de la noche, Julián Arriaga estaba a punto de apretar el botón rojo bajo su escritorio.
En la pantalla número 7 aparecía una mujer saliendo de la barranca detrás de su casa en Bosques de las Lomas. Caminaba encorvada, con un rebozo viejo sobre los hombros, una bolsa de mandado colgada del brazo y el pelo canoso amarrado con una liga.
Para cualquier otro, parecía una señora perdida.
Para Julián, parecía una amenaza.
Él no era un hombre común. En medio México lo conocían como “El Patrón Arriaga”, un jefe de los bajos mundos que había sobrevivido a balaceras, traiciones y emboscadas. Su mansión tenía portón blindado, escoltas, perros entrenados y cámaras hasta en los rincones donde nadie volteaba.
Un toque al botón, y 12 hombres armados caerían sobre esa mujer antes de que pudiera dar 3 pasos.
Pero Julián no lo apretó.
Porque en la misma pantalla apareció Renata, su hija de 4 años, corriendo descalza hacia la ventana del cuarto infantil.
Detrás iba Mía, de 2 años, arrastrando una muñeca sin zapato.
Renata no gritaba.
No pedía ayuda.
Sonreía como si hubiera visto llegar a alguien que la salvaba cada noche.
La mujer no metió la mano para robar joyas.
No buscó la caja fuerte.
No miró hacia las cámaras.
Sacó de su bolsa una ollita de peltre, envuelta en una servilleta de tela, y la pasó con cuidado entre los barrotes de la ventana.
Julián se quedó helado.
Sus hijas comieron con desesperación.
No como niñas caprichosas.
Como niñas con hambre.
Renata soplaba la comida para Mía. Mía se manchaba la barbilla y aun así seguía metiendo la cuchara. La desconocida, desde afuera, les decía bajito:
—Despacio, mis niñas… no se atraganten. Traje frijolitos y arroz. Hay más, mi vida.
Julián sintió que algo dentro de él se rompía.
Durante 1 año había creído que sus hijas estaban seguras.
Desde que su esposa, Daniela, murió en un accidente en la carretera a Cuernavaca, él convirtió la casa en una fortaleza. Cerró ventanas, puso barrotes, cambió cerraduras, contrató más seguridad y dejó el cuidado de las niñas en manos de Ofelia Montaño, una administradora doméstica que cobraba 180,000 pesos al mes.
Ofelia llevaba 7 años trabajando para él.
Siempre impecable. Siempre seria. Siempre con una libreta negra pegada al pecho.
Cada lunes entraba al despacho con reportes perfectos.
—Las niñas desayunaron huevo orgánico, fruta, leche especial y pan artesanal, señor. En comida, caldo de pollo, verduras, salmón y arroz. En cena, avena con plátano.
Julián firmaba.
Firmaba facturas por 60,000 pesos.
Luego por 90,000.
Luego por 120,000.